DOCE DESTINOS CLAVES PARA CONOCER BOLIVIA

Cada vez que me presentan a un visitante extranjero le pregunto por su país, sus bailes, su arquitectura, su literatura, su naturaleza, su comida, su deporte y su gente. El intercambio intercultural es efectivo en charlas informales, es en ese espacio donde se cuentan temores, sueños y descubrimientos. Al mismo tiempo asumo mi espíritu de pajpacu y le hablo del país, le aconsejo qué bus tomar, por qué rutas ir, qué cosas comer y qué libros leer. No se si lo hago bien o mal, no soy guía turística; pero los dejo sedientos con mis historias, mis datos estadísticos y mi álbum de fotografías. La experiencia es distinta cuando hablo con otro boliviano, la charla se centra más en el mismo viaje, las fiestas y los personajes que ya todos conocemos cuando visitamos un lugar, ahí no encaja una fotografía, sino la sonrisa que tenemos al saber cuán hermoso es nuestro país. De las charlas y las fotos quedan los siguientes recuerdos:

MISIONES JESUITICAS (Santa Cruz)

Seis horas de viaje desde Santa Cruz, amanece, llueve y lo primero que veo al llegar a San Javier es una iglesia hermosa. Es la primera vez que me encuentro frente a frente con el estilo barroco mestizo, me pregunto cuánto tiempo tardaron en tallar la madera que no se ha dejado destruir con el tiempo. Las pinturas me hablan, la madera se mueve y se contorsiona, las columnas de iglesia y de las casas muestran el esfuerzo de su gente. Las Misiones Jesuíticas, declaradas patrimonio cultural de la Humanidad, te esperan cuando llegas. Los jóvenes, parte del taller para la fabricación de instrumentos musicales y de la escuela de música, te esperan. Es como si nos transportáramos al siglo 18, cuando los jesuitas impulsaban la construcción de iglesias distribuidas en varios pueblos cruceños. Me hablan de una ruta misional, quiero recorrerla y decido viajar por San Javier, Concepción de Chiquitos, San Ignacio de Velasco, San Rafael, Santa Ana y San José de Chiquitos. Me regalan orquídeas, me sorprendo por las calles tranquilas y el aire fresco, me hacen pasear en bicicleta, me invitan helado, me deleito con el Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca, me sorprendo por el rio Gaubys y el aire campestre del ambiente chiquitano.

LAGO TITIKAKA (La Paz)

Cuántas veces habré viajado por este lago, cuántas veces habré estado a 3,810 metros sobre el nivel del mar, navegando, y dejándome acariciar por el azul verdusco de sus aguas. Embruja, no hay otra explicación. Sus dos cuencas te invitan a la meditación y a la reflexión, por un lado con la fila de picos nevados, por el otro, sus islas con restos arqueológicos y comunidades que trabajan la tierra y se dedican a la pesca. Allí me cuentan historias de todo tipo, de la cultura inka, de las tradiciones en Copacabana que quiere decir “El mirador de la piedra preciosa”, de la construcción de barcas en la isla Suriki, del pueblo precolombino en Sampaya, de las ruinas del palacio Iñak Uyu en la isla de la Luna. Yo me quedo en la Isla del Sol, a una hora de Copacabana para encontrarme con el Palacio de Pilcocaina, la Chinkana o Laberinto, la Escalinata del inka, la fuente de la juventud y las terrazas de cultivo precolombinas. Allí reina el silencio en las noches, allí es el único lugar donde he podido encontrarme con la luna y he conversado en silencio con el universo, el agua y la tierra.

CORDILLERA REAL (La Paz)

Hace un año conocí a varios andinistas y me di cuenta que nuestra cordillera Real está hecha para hombres que adoran vivir la experiencia de caminar y llegar al cielo. El oeste de Bolivia te reta a recorrerlo hasta llegar incluso a los 6 mil metros de altitud. Pero también te recibe con una exuberante combinación de climas y culturas que se expresan en los yungas paceños como Coroico. Que envidia me da un amigo suizo que se sabe el nombre de todas las montañas, conoce el Illampu, domina las eco-regiones de Sorata y le ha dado la razón a los escritores al asegurar que es evidentemente un paraíso terrenal, conoce los trece picos del nevado Condoriri, ha subido varias veces al Huayna Potosí, al Chacaltaya y al Illimani. Me ha mostrado fotos impresionantes de la nieve, la neblina y las rocas. Ni qué decir sobre sus recorridos en el camino prehispánico del Takesi, que representa una obra de la ingeniería hidráulica. Allí, entonces se encuentra un pasado convertido en camino precolombino que ofrece un paisaje lleno de flora, fauna, ríos, lagos y lagunas.

TIWANACU (La Paz)

Las tormentas en Tiwanacu son impresionantes. Desde la monumental estructura lítica prehispánica pude ver rayos y escuchar truenos que al rato me transportaron a las épocas de resplandor. Esos hombres conocían realmente, a la perfección, el sentido de las estrellas, la ingeniería, la arquitectura y la sabiduría. Allí la palabra piedra cobra otro sentido, y logra tener un rango mágico, histórico y cósmico. La cuna del mundo andino le dicen. Para algunos las pirámides, los monolitos, el templete, las puertas son atractivos turísticos; para otros son las estructuras preciosas que ocultan sabiduría de la cosmovisión andina. Es un libro abierto donde los guías turísticos, los comunarios, los arqueólogos aportan con datos que no caben en una cámara fotográfica. Las estructuras piramidales, las siete plataformas del Akapana, la majestuosidad del Monolito Pachamama o Bennett, el trabajo iconográfico del Kantallita, el grabado en alto relieve de la Puerta del Sol, el Palacio de los Sarcófagos en el Kalasasaya o templo de las Piedras Paradas, o las cabeza enclavadas en el Templete semisubterráneo no bastan con un viaje, no bastan con una foto. No basta ni siquiera un rayo del sol, porque ese dios, lo invade todo.

CHACO (Tarija, Chuquisaca y Santa Cruz)

No conozco el Chaco, pero amo sus cuecas, sus aro aros, sus mates, la manera de hablar humorísticamente y sus hombres que sí saben bailar. Es así que a través de la chacarera y sus tradiciones, tarijeños, chuquisaqueños y cruceños han sabido difundir su tierra ubicada al sur del país. No hay chaqueño que no sepa de su tierra, ellos hablan de Yacuiba por su exuberante vegetación, de El Palmar, de Sanandita por las actividades turísticas de adiestramiento en una infraestructura militar, del río Pilcomayo ideal para deportes acuáticos, de Camiri la capital petrolera del país, y de Villamontes que posee un bagaje importante de la historia de la Guerra del Chaco. Ríen, cantan, galopan a caballo, se sienten orgullosos por el Parque Nacional y el Área Natural de Manejo Integrado Kaa-Yya que es el más grande en Sudamérica en cuanto a bosque seco. Las costumbres se mezclan con la Reserva Privada de Patrimonio Natural el Corbañán, el Parque Nacional Aguaragüe, la Reserva del Quebracho Colorado y una de las etnias más importantes del país: la Guaraníe.

ORURO

Cada vez que alguien me dice que Oruro es feo le digo que realmente no conoce lo que es riqueza precolombina, étnica, natural y folklórica. El altiplano central, atravesado por la cordillera de los Andes, lagos y salares es el núcleo de la civilización más antigua en América “Los Urus”. Las riquezas de Oruro se encuentran en el pico más alto de Bolivia, el Sajama que se eleva a 6542 m.s.n.m., donde también se encuentra el Primer Área Protegida de Bolivia. Situada en la ruta de este parque tenemos a Curahuara de Carangas donde se impone la iglesia colonial denominada la “Capilla Sixtina del Altiplano” por la pintura mural que guarda. Me conmueve el grupo ancestral étnico Uru Chipaya con sus viviendas circulares y cerca del Salar de Coipasa denominado el Espejo del Cielo. Porque aparte de los flamencos andinos, patos silvestres, las etnias Muratos, Llapallapanis y otros, Oruro es el recinto de las momias quienes nos esperan en sus viviendas y cementerios subterráneos ubicados en el Complejo Arqueológico Alcaya. Todo es historia y alegría cuando llega el carnaval y toda Bolivia se reúne en la festividad religiosa en devoción a la Virgen del Socavón. El Carnaval de Oruro, Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, es el centro de danzas representativas del país. Diablada, Morenada, Caporales, Tinkus, Pujllay, Tarqueada, Tobas, Potolos y muchos más hacen una fiesta de nuestra cultura y folklore. Tras el mito, allí se encuentran en batalla las hormigas, la víbora, el sapo, el lagarto y para otros investigadores, la Atlántida Perdida.

TROPICO DE COCHABAMBA

Fui al Chapare en época de Año Nuevo. Toda una aventura, por sus fiestas, por sus balnearios, los senderos, los parques en Villa Tunari, la vegetación en Shinahota y Chimoré. Los árboles de 55 metros de altura son sorprendentes en Puerto Villarroel. En el Valle de Sacta se encuentra el bosque latifoliado (hojas anchas), considerado como uno de los más importantes en el mundo. Allí sólo nos queda enfrentarnos a la naturaleza y a las 47 comunidades indígenas que se encuentran asentadas en las orillas de los ríos Isiboro, Ichoa y Sécure. El Parque Nacional Isiboro Sécure y el Parque Nacional Carrasco nos esperan con sus lagunas, sus aves, y la variedad de pisos ecológicos. Llovió, me picaron los bichos, me lanzaron por unos columpios de 18 metros atados a los árboles y un mono me robó una botella de agua. Nada se compara al verde de Cochabamba, a su calor, a su comida, a sus animales y a su gente.

MADIDI y AMAZONIA (La Paz, Beni y Pando)

Si yo hubiera sido Miss Bolivia, en esa oportunidad cuando se hizo polémica con una respuesta regionalista, hubiera hablado del Madidi o por lo menos habría dicho: “Hay un lugar en Bolivia donde conviven 867 especies de aves, 156 especies de mamíferos, 84 especies de anfibios, 71 especies de reptiles, 192 especies de peces, 1,895 especies de plantas superiores y 2,873 especies probables, ni qué decir de las mariposas, las pirañas y los delfines rosados”. Con seguridad, con esa publicidad, muchos extranjeros ecologistas hubieran venido a Bolivia en busca de naturaleza, 3,235 especies que conviven con el ser humano. El Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Madidi, ubicada al noroeste de Bolivia, espera con sus grupos étnicos como el Tacana en Rurrenabaque, Río Beni, San Buenaventura, San José de Uchupiamonas y Chalalán, base del circuito turístico ecológico. Allí alucinan los biólogos y los ecólogos, los musicólogos y todos los que aman la diversidad biológica y cultural. Abarcando la Paz, Beni y Pando se extiende otra paradisíaca región en la Cuenca Amazónica Boliviana que según los que la dominan, se parece a una gigantesca anaconda que se contorsiona. Riberalta, Cachuela Esperanza y Guayaramerín impresionan por los centros de producción de castaña, goma, además de la caída de aguas, parte de la tradición histórica de la Amazonía. La selva sigue virgen, los únicos que la invaden son los árboles, las plantas y sus flores exóticas.

PANTANAL (Santa Cruz)

Para aquel que sueña con realizar un safari fotográfico y un camping al lado de un caimán y una anaconda, el lugar ideal es el Pantanal, el pantano de agua dulce más grande del mundo, compartido con Brasil y Paraguay. Turismo de aventura, diría yo. Todo un poema a la conservación de rincones genuinos y salvajes. Chiquitanos y Ayoreos nos esperan en Puerto Suárez, Laguna Cáceres, el Tacuaral, Puerto Busch y Río Paraguay. Dentro de esta diversidad incomparable, se destaca la Serranía del Mutún, uno de los grandes yacimientos de hierro del mundo. Allí no hay tiempo, ni siquiera para cerrar los ojos porque podemos perdernos el instante en el que una serpiente comienza a seguirnos.

TRINIDAD (Beni)

Es imposible no pensar en el amor, en las lomas prehispánicas y los asentamientos étnicos cuando visitamos el departamento del Beni. La historia nos lleva hacia 5500 años donde las civilizaciones hidráulicas dejaron lomas entre los Andes y el río Guaporé. Otras lomas como la Suárez y la Chuchini acogieron épocas importantes como la del auge de la castaña y la goma. Allí también se encuentra la mayor concentración de felinos en Bolivia. La selva tropical oculta senderos ecológicos que comunican ocho lomas artificiales mediante terraplenes rodeado de tierras bajas, formando bosques, lagunas y sabanas. Las mujeres hermosas, las peladingas, las moxeñas son tan mágicas como los santuarios de las aves que no dejan de acoger a las garzas y parabas.

SALAR DE UYUNI (Potosí)

En estas épocas de tecnología se habla de viajes carísimos al espacio, muchos ya van vendiendo pasajes y terrenos. No tienen idea de lo que se oculta en Uyuni, el salar más grande del mundo, donde todo es posible y maravilloso, tal cual estaríamos en otro planeta donde 9 millones de toneladas de litio y minerales reciben nuestros pasos y lagunas de colores sorprenden con sus pozos geotérmicos. De los viajeros más arriesgados, un arqueólogo conocedor del cielo en la noche, me he sorprendido porque es uno de los pocos que ha cruzado todo el salar de Uyuni, sin desaparecer, sin perderse en la inmensidad blanca. Me he quedado impactada por sus historias sobre las rutas invisibles en el salar, por el cementerio de trenes que se encuentra en el pueblo de Uyuni y los documentos históricos en Pulacayo, lugares claves para la minería boliviana. Los pasajes rocosos, la superficie de granito, los cactus a mitad del salar, los restos de un volcán de caliza petrificada en la Isla Incahuasi, las treintas cavernas y doce túneles naturales son únicos en el mundo. Todo es posible en el Salar de Uyuni. Los autos pasan desapercibidos; pero un hombre que pasa por ahí siente la voz y la figura de otro hombre que desapareció. Todavía existen aventureros que van a buscar tesoros en estas tierras. Van a buscar fantasmas e historia, van a buscar un pasado lleno de esplendor y arquitectura colonial. Yo me quedo con el barroco mestizo de la Iglesia de San Lorenzo en Potosí, la Casa de la Moneda, la Compañía de Jesús y el Convento de Santa Teresa. Pero también me quedo con el color blanco de la ciudad de Sucre, ciudad patrimonial, la Casa de la Libertad, las iglesias coloniales. Allí no queda espacio en una cámara fotográfica, más aun cuando se visitan las huellas de dinosaurios y el museo de arte indígena, con una cantidad increíble de tejidos jalka de Tarabuco. Dos tierras que evocan la minería y la época colonial, los enfrentamientos guerreros, la lucha por la Pacha, y el indígena que no ha dejado de caminar por su tierra, el eterno Sariri. Así quiero ser, no importa si mochilera o sariri, la cosa es viajar.

Nota publicada en PULSO en 2007

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