CHAKRA CORAZÓN

Te bendigo con amor y te dejo partir

Aquí el viento y el olvido son la misma cosa. La palabra cáncer está de moda en la ciudad; pero en el pueblo se le llama rencor del corazón y cada vez que paso por este camino me acuerdo de aquel dolor que había sentido cuando no lo encontrábamos al Jesús.

Nos habíamos habituado a hablar de nuestro pasado, a contarnos la mejor de nuestras mentiras, a ver los partidos del Bolívar, a llorar hasta el amanecer si hacía falta emborrachándonos con vino caliente. Todo estaba bien, se suponía que éramos lo mejor que habíamos encontrado, que yo le daba paz y él me daba cariño, no importaba lo que comíamos, no importaba si teníamos plata, estábamos juntos y eso bastaba para ser familia. Hice lo que pude para darle gustos; pero un día ese cáncer como lo conocen en el pueblo me lo quitó.

Jesús fumaba todas las mañanas cuando me leía sus trabajos de la universidad, cuando íbamos a los partidos de fútbol, cuando veíamos una que otra película, incluso cuando comíamos, tema de pelea al medio día. – No me beses con esa boca rancia- le lanzaba los reproches, -no quiero que se me quede tu olor a pucho-. Extraño esas peleas, sobretodo por la manera en que movía sus manos cuando encendía sus cigarrillos. Pero todo cambió con ese diagnóstico que lo alejó de nuestras charlas cotidianas. Lo que a Jesús no le convencía era que solamente el pucho le habría provocado el cáncer ubicado en el pulmón izquierdo. Eso lo frustró demasiado porque tuvo que dejar ese vicio y hacer un esfuerzo por vivir, para quedarse a mi lado, actitud que en algún momento sentí como obligación.

-Vamos a otro médico- le discutía cuando salíamos de sus consultas. –Quizás son tus defensas, quizás están bajas, eso se puede solucionar-. Nada, el silencio se había apoderado de nuestra casa, sólo sonaba el teléfono, eran mis tías o mis primas con el nombre de otro médico, de un yatiri y de aquellos que hacen sanación a través de las manos. Tengo una colección de sus radiografías y todas con el mismo resultado, conozco de memoria la calle de las brujas donde los mejores yatiris le han leído la coca, incluso una terapeuta cubana experta en sanación llegó para ver su caso.

Pasaron los meses y los médicos decidieron internarlo, había bajado de peso, aún así era mi flaco favorito en ese hospital, nada podía distraer mi alma. Había que estar a su lado, debía autorizar cada día para que compren más oxígeno, había que ayudarlo para que le hagan nuevas radiografías, incluso le daba de comer. Estas enfermeras no sabían lo que era tener un marido enfermo, le decían -abra la boca, cierre la boca, despierte, sus pastillas-, no había el mínimo de cariño en su trabajo. Me moría de rabia cuando llegaba y lo encontraba durmiendo casi doblado y babeando sobre sus sábanas, un día lo encontré casi muerto porque las enfermeras no le habían puesto oxígeno en la noche.

-Estos médicos te van a rematar- le decía cuando reaccionaba en mis brazos y me encontraba llorando. Pero aún así me daba la impresión que él ya no quería vivir, así me sentía sola y realmente abandonada, si él quería morirse ya no quedaba nada por hacer.

Una de esas tardes, cuando me discutía con la visitadora social por no ayudarnos en la rebaja de algunas inyecciones apareció la cubana sanadora que se había quedado en la ciudad para dar unas charlas esotéricas. Jesús no confiaba en ella, decía que era una charlatana, que prefería a los yatiris de su tierra, que prefería tomar sangre de murciélago o que maten un gallo para dormir con él y que a la enfermedad se la lleve el animal; pero le insistí en recibir alguna guía de esta mujer, que no era en vano su visita, y que por algo nos había encontrado.

– Es su chakra corazón- dijo la mujer después de haber recorrido las manos por todo el cuerpo. -¿Qué mi corazón es un chacra? Mi corazón no es ningún stronguista-, dijo Jesús con ese humor negro que no se le había perdido. La cubana no entendió su chiste y continuó explicando. – Este hombre tiene que perdonar a alguien, el rencor lo está matando-.

Después de esa visita, ni Jesús ni yo hablamos ese día. Sabíamos de qué se trataba, habíamos tenido un minuto de lucidez ante esa mujer. Sabíamos que no había oxígeno ni remedios para sanar esa enfermedad, o por lo menos para reducir el dolor. Dejé de odiar a las enfermeras y decidí sacar a mi marido del hospital.

–          ¿por qué no nos vamos y de una vez le perdonas a la Teresa?, el pueblo está a cinco horas.

–          Iré solamente yo- me dijo con el rostro cambiado.

Teresa era su esposa, se habían separado hace unos buenos años. Ella había sido la que lo lastimó dejándolo por otro. En eso aparecí yo, lo conocí fumándose un pucho después de un partido, comiendo anticuchos con nuestra casera en común y es ahí donde empezó el romance. Esa misma noche me contó sobre el dolor que le había causado su mujer y al día siguiente decidí refugiarlo en mi vida.

–Hierba mala nunca muere, la perdono a la Teresa y vuelvo sin esta mierda de dolor- me dijo al subirse al bus que lo llevaba hacia ese pueblito en noryungas. Nos enteramos que la Teresa había regresado a su pueblo y que su amante de turno la había abandonado también. –Cada quien paga lo que hace- pensamos, pero ahora se trataba de perdonarla y cerrar círculos con ella para poder salvarse. Llené su mochila con sus poleras favoritas y también sus pastillas. Llevaba puesta la medallita que le había regalado un año antes.

La última vez que lo vi fue en la ventana del bus despidiéndose con el pucho en la boca. A las cuatro horas me llamaban para avisarme del accidente. Bastó con imaginarme gritos y maletas, el calor y el bocinazo, los asientos rompiéndole los huesos a mi Jesús, los arbustos de plantas exóticas, los muertos, el cielo y el río. Me imaginaba de todo mientras tomaba el taxi rumbo a la agencia del bus donde se esperaban más noticias. –no encuentran a los muertos- me dijeron apenas llegué. Corrí hacia aquellas vagonetas que salen de emergencia, fuimos con otras personas que tenían familiares en el accidente. No puede haberse muerto de esa manera, le reprochaba a la vida.

Cuando llegamos al lugar, los rescatistas habían sacado ya cuerpos y algunos heridos. El accidente no había sido tan grave como lo había imaginado, pero el río se había llevado lo que restaba rescatar. Junto a algunas mujeres mirábamos como el río había crecido y cómo se llevaba los restos de bus que se había partido al momento del accidente. Me acerqué a los heridos, me confundí con muchos flacos que gritaban del dolor, habían niños y mujeres entre los muertos, los destapaba sin reparo para buscar el rostro desfigurado de Jesús. Según los cálculos faltaban como seis personas y los rescatistas habían decidido no continuar. Las familiares cercanos hablamos con las autoridades para que no descansen hasta encontrarlos, un hombre incluso golpeó a uno de los rescatistas porque su madre se encontraba entre los desaparecidos. Nos explicaron que la búsqueda era en vano, que el río se había llevado lo que no se pudo encontrar, y que la pendiente estaba llena de lodo y que incluso era peligroso para los mismos hombres que ayudaban a sacar los cuerpos. Dejé de insistir cuando vi que un hombre anciano, con el brazo vendado cargaba la mochila de Jesús y tenía su medallita colgada en el pecho.

– Ladrón, ladrón- le gritaba mientras corría tropezándome con algunos cuerpos. Nadie me prestó atención hasta que llegué a golpear al viejo herido. Las mujeres corrían para separarme, los hombres me sujetaron de los brazos mientras daba patadas al aire sin dejar de gritar con la rabia de una hembra que había perdido lo único que tenía. Sin embargo el viejo trataba de calmarme sin ninguna rabia u ofensa por mis acusaciones. Recién me callé cuando en medio del escándalo me gritó que Jesús estaba vivo. Quedé sin fuerzas cuando me detuve a ver bien el rostro del hombre que me devolvía la esperanza.

– Tu marido ya se ha ido a tu pueblo- me dijo con una voz casi cansada. – Tan enamorado de vos había estado señora, todo el viaje me ha contado su historia, estaba chocho de volver a verte-

– ¿y por qué estas agarrando su mochila?- le dije ya sin nada de fuerzas. – Me dijo que ya no la necesitaba, igualito me ha regalado su cadenita- sonrío. – subite a esta otra flota señora, le vas a alcanzar, él ha sido el primer herido en irse, poquitas heridas tenía y estaba bien apurado, si quieres llevate su mochila, yo no soy ningún ladrón, tomátelo, ¿Teresa te llamas no?-

La gente que trataba de separarme se fue a solucionar o a robar más cosas de los fallecidos. Me senté al borde del camino abrazada a la mochila, miraba cómo la flota se había embarrancado y cuan empinada era la pendiente. Me levanté después de un tiempo y decidí ir a revisar con las autoridades los nombres de heridos y fallecidos. Nadie supo informarme porque las listas recién iban a manejarse en la ciudad. Pregunté por los heridos y me dijeron que a los más graves se los habían llevado a Coroico y que los demás esperaban en un bus que estaba cerca del accidente.

Con la mochila en la espalda me acerqué a ese bus. Subí y la mayoría era gente joven y algunos ancianos, eran yungueños en su mayoría, no había casi ninguna persona que fuera de la ciudad. Casi sin fuerzas, me subí a una camioneta que iba a Coroico, el pueblo donde estaban los demás heridos. Llegué al hospital y me dijeron que los pocos que habían llegado estaban en malas condiciones, que incluso uno había muerto. Con la esperanza de haberlo encontrado, pedí ver el cuerpo del fallecido, entré a la sala donde habían hecho lo imposible por salvarlo. Alzaron la sábana que cubría su cuerpo y era un hombre delgado, alto, sin polera, con la barba crecida y calvo. Di un respiro, no era él, entonces todavía tenía la esperanza de encontrarlo entre los heridos. Revisé cama por cama como cuatro veces como una errante y nada. Entonces me dí por vencida, me di cuenta de la realidad, me senté en uno de los pasillos del hospital durante media hora. Una de las enfermeras me dio una pastilla porque me vio mal, tenía un dolor intenso en el corazón y una rabia interna contra el camino y la muerte, entonces asumí después de tanta búsqueda que a Jesús se lo había llevado el río y que estaba en la lista de los muertos.

Claudia Daza Duran 2006

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