EL QUENISTA DE LA ISLA

Claudia Daza

El alcalde de Copacabana era el preste de este año, la banda estaba llegando de Oruro, habían matado más de cuatro vacas para la comilona y la chicha llegaba directamente desde Cochabamba.

Su esposa era la cocinera y sus comadres le ayudaban a pelar las papas y demás verduras. Era las seis de la tarde cuando el alcalde vio salir corriendo a su hija, Flor.

–          ¿A dónde estas yendo ja?- le preguntó soberbio.

–          Estoy yendo a la orilla del lago a jugar, tata- Flor respondió tímida.

–          Aquí nadie me va a jugar a ningún lado, tiene que ayudar a su mamá-

Flor ya había pelado zanahorias y papas toda la mañana, también había ido a comprar todas las cosas necesarias para los adornos de la Virgen, había incluso ayudado a descargar la chicha del camión. Sin embargo,  su padre no entendió que debía descansar y jugar un poquito con sus amigos. Preocupado por las cosas que faltaba, concentró toda su rabia en Flor y comenzó a regañarle…incluso le dio un golpe tan fuerte en la pierna que la dejó un poco patichueca.

–          Ya tatita, ya no voy a ir a jugar ¿ya?- lloraba Flor.

La madre y sus comadres se quedaron calladas porque tenían miedo, siguieron cocinando como si nada hubiera pasado. Flor tuvo que quedarse y seguir ayudando a pesar del dolor en su pierna lastimada. Entonces comenzó a abrir los paquetes que habían llegado de Cochabamba, eran bidones de chicha y otros tragos, más algo de cerveza; pero de pronto salió asustada como rayo, cojeando y gritando del lugar.

–          Wa, ¿qué le pasa a la Flor? ¿Por qué salió como una loca?- se asustaron las mujeres.

De pronto el grito de una de las comadres también asusta a las señoras.

–          ¡Ratón, ratón!- gritaba aterrada.

Cientos de ratones habían salido de las cajas donde venía la chicha y los otros tragos. Los diminutos animales corrían disparados para todas partes, se metían en las ollas, debajo de los muebles, salían por las calles y se metían a otras casas. Las polleras multicolores de las mujeres iban y venían, brincando y esquivando, tratando de pisotear a algún ratoncillo, pero nada, la agilidad de estos animales superaba a los pies de las mujeres. La plaza estaba repleta de ratones, que descaradamente comenzaron a descansar del correteo, nada los asustaba. Aparecieron el alcalde, los vecinos y otros hombres.

–          Mala suerte son los ratones caballero- decían entre ellos.

–          Kencherío están trayendo, ¿qué ira a pasar? El ratón es para irse- susurraban las mujeres.

Fueron tantos los comentarios que el alcalde tuvo que realizar una reunión del consejo municipal y algunos sabios del lugar.

–          ¿Qué podemos hacer con tanto ratón en el pueblo, compañeros?- preguntaba.

–          Veneno nomás pues- decía un secretario.

–           Wa, ¿cómo pues?, nuestros animales se pueden envenenar también.- decían los sabios.

–          Tramperas- decía otra autoridad.

–          Uhhhhh, ya no vamos a poder salir ni entrar a ningún lugar- reclamaban otros.

Todos empezaron a dar ideas de todo tipo, la bulla los ponía nerviosos y el alcalde sólo pensaba en lo mal que podía salir su fiesta. Los hizo callar de un grito y suspendió la reunión.

–          Basta, me voy a pensar yo sólo- gritó enojado.

Y así se fue a la orilla del lago, para pensar qué podía hacer con tanto ratón en el pueblo. De pronto apareció del mismo lago, un hombre pequeño, sentado en una barca, esas de totora que ya no se ve en estos tiempos.

–          ¿Qué tienes caballero? ¿Por qué está tan preocupado?-  le preguntó al llegar a la orilla.

El alcalde contó la desgracia casi derrotado, incluso sin darse cuenta que un ratón husmeaba en sus bolsillos.

–          Bien facilito eso se arregla- sonrió el hombre pequeño.

–          ¿Cómo pues? No me digas que con veneno o trampera- el alcalde recién interesado en la charla.

–          Vos dejámelo a mí, pero me tienes que prometer una cosa-

–          ¿Qué cosa?- el alcalde se preocupó.

–          Me tienes que pagar caballero, con la mitad del dinero de tu preste-

–          Yaaaaaaaaaa- el alcalde se rió en su cara.

–          Si pues caballero, en serio te estoy hablando, ¿quieres o no quieres que tu preste salga bien?- el hombre pequeño se puso serio.

–          Ya, ya, ya, esta bien, te voy a pagar, pero has desaparecer de una vez estos ratones- ordenó.

Era una promesa que se había hecho en la orilla del lago. De pronto, el hombre pequeño sacó debajo de su poncho una quena bien delgada. Miró sonriendo al alcalde y comenzó a tocar unas tonadas del lugar.

–          Wa, este me está tomando el pelo- pensó el alcalde.

Pero de pronto sintió que un ratón salía de su bolsillo e iba detrás del hombre pequeño. El quenista tocaba tonada tras tonada. Fue así que al ritmo de la quena comenzó a aparecer la procesión de los ratoncitos que bailaban por las calles. Todos salieron a ver lo que pasaba, miles de ratoncitos seguían al quenista, bailando y bailando, estaban medio embrujados con la música del hombre. Copacabana escuchó toda la tarde el trabajo del hombre extraño, quien lo último que hizo fue subirse a su balsa y retirarse del pueblo, en ese momento los ratoncitos se entraron al lago para perseguirlo y como en un hechizo los ratoncitos se convertían en piedras pequeñitas.

–          Bravo, bravo- la gente aplaudía. Algunas mujeres se persignaban, el cura se espantaba y el alcalde saludaba a todo el pueblo.

–          Yo lo he contratado- decía orgulloso.

–          Debe ser algún sabio del lago- comentaba la gente.

–          Un simple charlatán- se mofaba el alcalde.

Llegó el día del preste y a pesar de haber tenido tantas pérdidas, el alcalde había tenido más plata para volver a traer de nuevo chicha y otros tragos, se gastó hasta el último centavo seguro de que el quenista no iba a regresar. Todo salió bien, la misa, el almuerzo, la banda de Oruro, el baile y la borrachera. Justo en el momento en que todos los grandes estaban ebrios llegó el hombre pequeño a cobrar su deuda, lo atendió Flor, la hija del alcalde.

–          Dígame señor-

–          Estoy buscando al alcalde- respondió pacíficamente el hombre.

–          Está ocupadito señor- Flor respondió un poco avergonzada por su papá borracho.

–          Es que es urgente, dile que soy el quenista que se llevó de canto a los ratones-

Flor lo miró asombrada, ella se había quedado encantada con la hazaña que había echo, así que decidió llamar a su padre.

–          Papito, papito, ha venido el hombre de la quena- fue a interrumpir una morenada que su padre bailaba.

–          Nadie me molesta en mi fiesta, yo no tengo ninguna deuda con nadie, vaya a molestar a su madre- mareado la regañó.

Flor insistió tanto que en plena fiesta recibió otro golpe sin que nadie se diera cuenta, su otra pierna había sido lastimada. Llorando salió a decirle al hombre pequeño que su papá estaba ocupado y que no lo podía atender: Pero el quenista sabía lo que pasaba.

Se retiró lentamente y se fue a meditar al lago, de pronto sacó nuevamente su quena y comenzó a tocar una tonada alegre.

Como los grandes estaban ocupados en su fiesta, sólo los niños del pueblo escucharon la quena. Y esta vez eran ellos quienes se pusieron a bailar en las calles del pueblo, de todo lado las imillitas y los lloqallitos se escapaban, de sus casas, de sus trabajos en el cerro, de la plaza, de todo lado siempre, hasta que llegaron a la orilla del lago donde el hombre los esperaba. Sólo Flor no había podido llegar rápidamente a la orilla, su pierna no le dejaba correr en paz, ella miraba de lejos lo que estaba pasando.

El hombre se subió a su gran balsa de totora y los niños comenzaron a pasar uno por uno a la balsa, todos cantaban acompañando la quena, sonreían y jugaban con el poncho del hombre. Y así se fueron perdiendo en el horizonte, mientras Flor llegaba lentamente a la orilla.

–          Yo quiero ir- gritaba llorando.

Pero hasta eso, ya la balsa había desaparecido.

Al día siguiente, los grandes recién se dieron cuenta que sus hijos no habían dormido en sus casas. Salieron a buscar por las calles y sólo encontraron a Flor mirando el horizonte del lago. No decía nada, estaba triste.

–          No hay nuestras wawas- lloraban las mujeres asustadas.

–          Sólo la hija del alcalde- susurraban los hombres.

Fueron a la casa del alcalde y lo sacaron a penas. Este se dio cuenta de lo que pasaba y se fue a la orilla del lago. Flor les contó lo que había pasado y todos miraron enojados al alcalde.

–          Nos has hecho quedar mal- le decía su esposa.

Este tenía un remordimiento tan grande que decidió lanzarse al lago en busca de los niños, preparó su bote y se fue.

–          Deben estar en la isla del sol- pensaba.

Y evidentemente, encontró a todos los niños en la isla del sol. El pensaba que los iba a encontrar castigados o trabajando a cambio del dinero que le debía al quenista; pero no, se encontró con los niños más felices que había visto. Jugaban a la luz del sol con sus trompos, a la tunkuña, a la liga liga, al pesca pesca y otros juegos que a su hija le gustaba jugar. Estaba sorprendido con tanta luz en la isla y se asustó cuando el quenista lo observaba sentado en una piedra.

–          Va a disculpar joven, borracho estaba, no me acordaba que le debía la plata- el alcalde se acercó avergonzado. – Devuélvanos pues a nuestras wawas-

–          Ja- sonreía el quenista – vos crees que facilito se resuelven las cosas, ahora tienes que pagarme con otra cosa, además todita la plata te lo has gastado, igual no pensabas pagarme-

–          Pero, ¿ahora con qué quieres que te pague? Hartas ovejas tengo, eso te puedo dar, papa y chuño te lo puedo traer-

–          No quiero eso- se puso serio el quenista.

–          ¿Qué quieres entonces?- el alcalde se preocupó.

–          Trae lo más valioso que tienes en el pueblo, si es lo más valioso el lago te va a dejar pasar, sino, a la orilla te va a botar-

Eso fue lo último que dijo el hombre y se marchó con otros niños a jugar tunkuña. El alcalde volvió triste, no sabía qué llevar. Cuando llegó se dirigió a la iglesia y sacó como loco las joyas de la virgen, el cura y el pueblo se opusieron, pero no le importó se lanzó nuevamente al lago para recuperar a los niños, pero el lago lo devolvió a la orilla enfurecido. Entonces sacó sus ahorros escondidos en colchón; el lago lo volvió a lanzar, esta vez más lejos que la orilla. Se sacó la banda de alcalde renunciando a su puesto, pero nada, el lago pensaba que no era lo más importante para él en el pueblo. De pronto su mujer, avergonzada y llorando se le acercó.

–          ¿Acaso lo más importante que tienes aquí no es tu familia?- lo miró fijamente.

–          Pe, pe, pero si les llevo se los va a agarrar, nada que ver- se confundió.

–          Pero, por algo estará diciendo pues que lleves los más importante, ¿ o no somos importante para vos, yo y tu hija, la Flor?-

Agachado y pensativo, levantó la cabeza y vio a las madres preocupadas por sus hijos, los padres impotentes y dispuestos a ir a buscar ellos mismos a sus hijos, lo hicieron; pero el lago los escupió de canto. El único que podía arreglar su deuda era él. Entonces decidió llevar a su familia, el lago abrió sus puertas encantadas y los dejó pasar sin ningún problema, estaba más azul que nunca y quieto como la tierra. Todos se asombraron con la sabiduría del lago. Llegaron a la isla y el quenista los esperaba con los niños.

–          ¿Tanto te ha costado darte cuenta qué era lo más importante?- le dijo con pena.

Pero después sonrió, alzó a Flor, le curó los golpes en las piernas que había recibido de su padre y la puso a jugar tunkuña con los niños. El alcalde no sabía dónde poner su cara, el sol le quemaba intensamente el rostro, su esposa lo miraba con pena y el quenista lo miraba sonriendo.

–          Y ahora, ¿te vas a quedar con mi Flor?- preguntó preocupado.

–          No, sólo quería que juegue igual que los otros niños- le dijo el quenista.

Miró a Flor y se dio cuenta que apenas era una niña de cinco años y que era feliz con niños de su edad, jugando las cosas que él le prohibía. Pidió disculpas por no pagar, pidió disculpas a su esposa y a Flor, por último pidió disculpas al lago por no entender su sabiduría. Volvió con la tracalada de niños en la balsa, y esta vez el quenista se quedó en la isla mirándolos regresar y tocando su quena.

Cada vez que son las cinco de la tarde y Flor pide permiso para ir a jugar, sus padres le dejan ir, ya nomás todos los niños se reúnen en la orilla del lago, mientras los padres escuchan a lo lejos el sonido extraño de una quena confundida con el viento.

– El viento está silbando, que se vuelvan nomás a la casa estos chicos- susurran las madres medio asustadas mientras sus hijos no dejan de jugar hasta cansarse.

*Este es un pastiche de “El flautista de Hamelín”.

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