LA SOMBRA DEL LOCO

A la 1665

Cerca de la cárcel, la casa era la más antigua y la única que no tenía servicio de agua. Los balcones eran estratégicos en carnavales y para ver peleas callejeras. Al fondo habían restos de una lavandería. El pasillo nos dirigía a la luz del patio central donde se habían instalado pitas y alambres para secar la ropa. En los cuartos de abajo vivían una chola gorda que vendía comida en la esquina de la cárcel, su hijo, el llantero más conocido de la zona y don Guido, un excombatiente que recibía en su cuarto a mal entretenidos y prostitutas.

Arriba, donde nos encontrábamos la mayoría de los niños, las puertas tenían vidrios pequeños, y muchos de ellos rotos, seguramente representando una generación triste de la casa. En la baño común, con las paredes descuidadas, había una tina que contenía trastos de los vecinos.

Nos dábamos mil modos para conseguir agua. Los vecinos nos la regalaban de contrabando, otras veces a eso de las dos de la mañana, cuando los guardias de la cárcel se distraían, el llantero era quién abría la llave de paso de la misma calle y hacíamos cola con una manguera gigante que llenaba nuestros recipientes.

Otras noches, mi prima y yo solíamos cargar baldes hasta mi casa, claro que con la debida precaución, porque temíamos que apareciera el loco del barrio, más conocido como Davico,  al cual le tuve miedo desde la primera vez que lo vi.

Lo había conocido en la plaza cuando ayudaba a las amas de casa que no podían cargar sus bolsas del mercado, “metiendo mano” a temerosas jóvenes estudiantes, gritándose con los taxistas en media calle o golpeando suavemente la cabeza de la gente con un periódico pasado.  No podía hablar bien, rapado la mayoría de las veces, dientes chuecos y joroba, alto y delgado, maloliente y con un terno ajustado. Muchas veces oí decir que vivía en la Almirante Grau, más allá de la plaza y que sus familiares eran de dinero, pero aún así, aparentaba pobreza en su locura y en su soledad.

La vez que casi muero de susto fue cuando este loco, se acercó a mi madre, sacó su mano del bolsillo en forma de pistola y apretando un gatillo imaginario le dijo: ¡pen¡. Yo me puse a llorar y mi mamá le echó tal carajazo que nunca más nos molestó en la calle. Sin embargo, el miedo se hacía infinito cuando caminaba sola por el barrio. Una niña como yo podía pasar desapercibida para la gente en esta ciudad; pero para él, era como que una mujer de cualquier edad desprendiera un olor especial que le inspiraba, tanto así que incluso durmiendo podía detectar la presencia de una presa para un disparo de verdad, para un abrazo fuerte, para un manotazo en el trasero o incluso para un beso quién sabe dónde.

Una noche, cuando mi mamá estaba enferma, nos aventuramos con mi prima a buscar agua. Eran casi las diez, la calle estaba vacía, reíamos y jugábamos; pero nos vimos en conflictos cuando noté el rostro más que tenso de mi prima. El Davico estaba fumando en la esquina, no nos había visto; pero yo sabía que nos había sentido y nos estaba esperando. No sabíamos qué hacer, decidimos caminar como si nada pasara, pero las gotas que caían al piso eran señal de nuestro nerviosismo. Cuando dejó de fumar nos miró y lo vimos acercarse con esa carrerita típica acompañada de una sonrisa.

Dejé el balde en plena calle y comencé a correr imaginándome los abrazos y besos que me podía dar. Al llegar a mi casa, comencé a gritar, esperando que los vecinos me ayuden, pero nada. De una patada abrí la puerta y  entré hasta el fondo, busqué dónde ocultarme, esta vez el juego de las escondidas tenía un lobo de verdad. Me escondí acurrucada detrás de la lavandería, dejé de gritar, esperando confundirlo con el silencio. Todos habían apagado sus luces. Deseaba que no entre; pero escuchaba sus pasos.

-¡Qué pasa, carajo!- lanzó un grito mi mamá desde el segundo piso.

-Nada, nada – balbuceaba el Davico.

Ya me había encontrado y le señaló a mi mamá dónde me escondía. A pesar de haber invadido la casa, tenía un extraño respeto a la privacidad. Me miró, sonrió y dejó el balde que yo abandoné en la puerta.

El único sincero en su burla fue mi hermanito menor, que siempre se había mofado de mis miedos. De todos modos, decidieron trancar la puerta y ponerle chapa para que ningún intruso pudiera entrar a la hora que quiera a nuestra casa.

Habían pasado meses sin que yo quisiera ayudar con el acarreo de baldes, no quería salir sola en la noche, no quería ni siquiera ir al colegio o a la misa. Mi hermano se reía todo el tiempo y lo remedaba poniéndome de mal humor las veces que podía.

Una noche, mi papá se olvidó la llave y nos lanzó una piedrita. Bajé, prendí las luces, abrí con cuidado la puerta y mi papá llegó con unos baldes de cortesía de los vecinos.

Me adelanté porque no quería ayudarle; pero de pronto escuché unos susurros. Pensé en el fantasma de algún vecino muerto, le dije a mi papá que se apure, pero parecía que no me escuchaba, me dirigí hacia las gradas y escuché una voz ronca y desafinada.

-¡Buuu! –  me decía.

-¿Papi?-  pregunté.

-¿Qué?-  me respondía distraído en la oscuridad.

-¿Estás escuchando?-  me quedé quieta en la puerta.

-¿Que cosa?-

-¡Buuu!-  lo sentía más cerca.

-¿Papi?-  y comencé a subir las gradas.

Era como si esa voz me recordara a alguien. Entonces me acordé del Davico y pensé que quería vengarse por los carajazos de mi mamá. Nunca se había atrevido a subir las gradas; pero quizás en el día se habría ocultado para esperar el momento de hacerme asustar. Subí rápidamente las gradas dejando a mi papá en el pasillo. Empecé a buscar en todo lado y la voz la sentía cada vez más cercana.

-¿Quién es?- reclamé.

-¡Buuu!- era lo único que escuchaba.

Sentí una sombra, vi la puerta de mi cuarto y empecé a correr; se venía encima.

-¡El loco¡- , corrí asustada.

Los pasos crujían tan fuerte en la madera, que sentía que en cualquier momento el loco me atraparía.

-¿Dónde está mi papá?- lloraba en el intento de alcanzar mi puerta.

Por fin encontré el seguro y tuve que forcejear para cerrar la puerta. Corrí llorando al cuarto de mi mamá, ésta se levantó asustada.

-¿Que pasa?

-¡El loco, el Davico!-

-¿Y tu papá?-  comenzó a desesperarse mi mamá.

De pronto fuertes patadas pretendían abrir la puerta que yo había trancado con un segurito.

-Se están peleando por mi culpa- me puse a pensar. Pero tampoco escuché gritos ni nada, sólo patadas desesperadas que estaban venciendo nuestra puerta. Corrí hacia el balcón para pedir auxilio; pero la calle estaba desolada. No teníamos teléfono, no teníamos cómo salir.

-¡Dónde está ese loco de mierda!- mi mamá salió de la cocina con un cuchillo.

Me acordé que ella era de armas tomar, por su experiencia con hermanos borrachos. Me asusté más aún, no sabía si dejarla salir para que cometiera un asesinato o quedarnos encerradas.

-¡Abrí, abrí!- gritaba mi papá.

Nos preparamos con mi mamá. Estaba muy confundida; pero no me sentía sola, así que ayudé a mi mamá y abrí la puerta soltando el seguro mientras seguían las patadas. El portazo fue tan fuerte que ni siquiera tuve tiempo de ver el rostro de la sombra que me perseguía. Sólo atiné a sentir la entrada veloz de mi hermano pequeño corriendo envuelto en llanto y más asustado que todos nosotros.  Después entró mi papá.

-¿Qué paso?- nos dijo.

-¿Y el loco?. Le preguntó mi mamá aún con el cuchillo.

-¿Cuál loco?- aún seguía tranquilo.

-El que estaba pateando la puerta- respondió al borde de la embolia.

-El que estaba pateando era tu hijo- recién se enfadó mi papá.

-¿Qué?- nos miramos las dos con nuestros ojos llorosos.

Poco a poco, los vecinos empezaron a salir de sus cuartos. Mi mamá se entró a reír con mi hermano que aún lloraba por el susto que pretendía darme. Yo me alejé al balcón y vi al Davico en la esquina fumando un cigarrito mientras miraba sonriente la casa.

Claudia Daza

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