QUE RECIBAN SUS ORACIONES

Habíamos decidido irle a prender velitas a don Jaime Sáenz por la venta magnífica de sus obras en la feria anual del libro que se organiza en esta ciudad. Sin embargo no conocíamos su último recinto en el Cementerio General. Buscamos por el sector de las Retamas, por el lugar donde duermen doña Marina y sus esculturas y don Franz junto a sus poemas; pero nada, hasta que dimos con el guía y nos mostró el lugar escondido. Es ahí donde me puse a reflexionar sobre la muerte, porque una mama, llena de arrugas y canas nos miraba con recelo al rodear la tumba. Se trataba de la mujer que cuida de las flores que casualmente llegan a la piedra imán del poeta paceño. Una guardiana de las flores y las piedras, una mujer barrendera aymara que lo sentía vivo, una mujer que espera todos los días la llegada de su hora como cualquier hora de las personas que la rodean en su trabajo. El centro y los alrededores nos llenaron de imágenes aymaras en ese cementerio y sentimos la energía de un anciano que rezaba en aymara para cualquier cuerpo abandonado con flores secas. ¿Qué significa la muerte en este lugar?, me preguntaba.

El concepto de la muerte occidental nos ha rodeado permanentemente, desde la cruz como símbolo del hombre en las iglesias, pasando por la muerte de guerrilla y la guerra televisada en lugares que quizás nunca pisaremos. Es posible, incluso, que la crónica roja, sea una especie de contacto mediatizado con nuestros muertos, un contacto que sobrepasa el tiempo y el espacio, los medios y los fines de una vida que buscamos permanentemente más allá del último latido. De pronto, una mano moralista nos apuntaría de morbosos cuando decimos que hablar de nuestros muertos en los periódicos es una especie de comunicación intrapersonal, cultural y sobre todo espiritual. Y es justamente que nuestras culturas han trascendido y resistido a esa falta de ética periodística en cuanto a la manera de hablar sobre la muerte, el asesinato, el suicidio, etc; porque de pronto culturas como la aymara van más allá de una fotografía en primera plana, la primicia de un asesinato, de una estadística en la Policía Técnica Judicial y de un aviso necrológico en cualquier matutino. Yo me identifico con la muerte, concluiría entonces, mirándome a un espejo, sabiendo que la muerte es sinónima de vida en estas tierras y no como se la trata de mostrar en el mundo occidental.

Esta dualidad de la vida y la muerte no sólo es entendida en estas tierras, sino en aquellas donde las civilizaciones prestaron importancia a los rituales, a la naturaleza y la trascendencia del ser humano. Y es así que viajo hacia el otro hemisferio evocando el pensamiento de Octavio Paz, quién seguramente anda echando gritos con sus muertos y las calacas en cada fiesta religiosa mexicana que se arma. De la misma manera, y quizás más eléctrica y armoniosa, la muerte andina se viste de verde en forma de naturaleza y se trenza el cabello para salir a bailar; porque esta muerte a diferencia de otras no es una experiencia personal sujeto de vigilancia, sino una experiencia colectiva, comunitaria, de familias, de una nación entera. Si en México u otros países se habla de una nostalgia de la muerte, de una muerte sin fin, aquí podríamos hablar de la muerte como experiencia de todos, más bien, como una celebración permanente e infinita de la vida, de nuestras vidas y de la vida del que ha pasado al plano del Alaxpacha y Mancapacha.

La cultura andina, es profundamente emocional, artista y bruja cuando abraza a sus muertos, incluyendo muertos de otro color.  Porque hasta incluso en nuestra visión de  niños karas, el contacto con el mundo aymara a través de la muerte es un hecho que todos recordamos con mucha reverencia. Es así que René Bascopé, el escritor recordado en la fiesta de Todos Santos por la carrera de Literatura en la Universidad Mayor de San Andrés escribía:

En Todos Santos corro hacia la habitación del segundo patio y cuando la puerta se abre, veo en el fondo, encima de una mesa negra, una vela ardiendo frente al retrato de Ángela. En la noche mi madre me hace rezar y me da galletas. Más tarde no puedo dormir, porque mientras el alma de mi abuelo se bebe el agua del vaso, Ángela se coloca lentamente en una mancha del tumbado y desde allí me mira fijamente y me susurra con su voz tan suave.(del cuento Ángela desde su propia oscuridad)

Fantasmagórico diríamos; sin embargo los que hemos vivenciado la fiesta de Todos Santos como una tradición inconsciente en muchos casos de contacto con nuestros muertos, sentimos que vivimos y experimentamos cierta magia en nuestras relaciones sociales y de parentesco. Y es que la pasión por explicarnos esta magia, nos ha llevado de viaje por las distintas etnografías de fiestas directamente relacionadas a los muertos como la de Todos Santos y de las Ñatitas; así también de aquellas que esconden el misterio de la celebración de la vida como el carnaval, los lunes, martes y viernes de las almas, los calendarios agrícolas y los rituales que reviven  cada minuto en las ciudades y los pueblos.

Es así que muchos estudiosos concluyen que nuestro “Todos Santos” dura tres meses y no dos días como en el mundo occidental. Esta duración tiene su relación directa con la naturaleza y el ciclo agrícola que maneja el mundo andino, por tanto una de las fiestas de cierre de esta celebración de los muertos viene a ser el Carnaval, no sólo dedicado a la Virgen y al mundo pagano, sino también a las almas que trabajaron desde otro nivel. De todos modos, la misma fiesta de los muertos nos presenta un sin fin de simbologías ricas en nuestros imaginarios, tal es el sentido que adquiere la misma alimentación como elemento de rituales. Así también, en una búsqueda por mayor reflexión sobre la muerte, entrevisté a Alejandro Barrientos, cuya especialidad en antropología es la cultura de la muerte y cuya tesis de licenciatura toca el tema de cementerios con una atención a la tumba de Carlos Palenque. Barrientos señala que la importancia que se le daba a la tumba en la antigüedad podría suponer el interés que tenían las familias para darse un mayor estatus en los Andes como comunidad, es decir que podemos distinguir incluso ayllus de muertos con cierta jerarquía.

Tras una revisión histórica de los cementerios y la vigencia de una cultura de la muerte andina, Barrientos destaca el control de la muerte y los enterramientos en la colonia, cuyo proceso desencadena posteriormente de realizar catacumbas en las mismas iglesias, en la descentralización de los muertos en las ciudades y pueblos, creándose por tanto el concepto de límite o de frontera que establecen los cementerios. Así también los imaginarios de la presencia de la muerte se manifiestan en señales naturales como el llanto de un perro, cuando el gallo canta antes de la hora, cuando vemos un búho, cuando vemos el alma y ésta se despide de nosotros, cuando vemos un thaparaku,  moscas o cuando un zorrino entra al patio de la casa. Es así cómo se manifiesta nuestra intuición en los Andes, es nuestro contacto con la muerte incluso antes que ésta llegue y de la misma manera estamos prevenidos con nuestras retamas, con nuestras palmas en forma de cruz detrás de las puertas y los ojos bien abiertos por si vemos el ajayu de la abuela.

El mundo andino es cíclico porque el muerto tiene que ayudar a germinar la vida, por tanto sigue siendo responsable de ésta.

Sus energías benignas y malignas están aquí, en nuestras casas, al lado de nuestro perro negro, en los Achachilas, en la Inocencia Flores (una niña cuyo nombre es desconocido en el cementerio de Oruro, pero cuya tumba está llena de flores), en el Feliciano, un ladrón potosino que murió con una sonrisa, de ahí su nombre, en el Kari Kari que es nuestro asesino cuando nos dormimos en los buses o en el campo, e incluso en las muertes accidentales de hombres que sin ser aymaras soñaban con la magia de las montañas y escribían: Me sepultas al costado del viento y se identifican conmigo los minerales. La tierra es una negación que se traslada en lo amplio hacia el resplandor de la ciudad que ya no espera porque ha logrado una sombra. Se sepulta mi cuerpo y tú llenas con tu otra vida el espacio de frió que he dejado de respirar. (Guillermo Bedregal. Me sepultas)

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