EL SAPO ESCONDIDO

Claudia Daza Durán

Siempre le teníamos miedo al sapo, ese sapo que todos los días la tía Gaby nos contaba que aparecía en el invierno y sobre todo en la noche de San Juan. Habíamos llegado al pueblito un día antes, nos compramos hartas chispitas, mis papás llevaron las maderas y cosas viejas para quemar, también llevaron corazón de vaca para los anticuchos, y el ponche. La María y la Kasandra estaban felices porque por fin podíamos descansar de tantas tareas en la escuela, estábamos de vacaciones y nadie nos podía robar el sueño de corretear y conocer por fin al misterio del pueblo, el sapo con su barriga llena de trapo.

-No se van a alejar mucho- gritaba mi papá, cuando yo y las chicas ya estábamos en la punta del cerro levantando el volantín que aprendimos a hacer con nylon, luego nos pusimos a buscar lagartos para aplastarlos terroríficamente, y también hicimos un minicertámen de bicicross en la montañitas y sobre los sembradíos, situación que tuvimos que escarmentar en la tarde porque algunos campesinos se habían quejado. Habíamos hecho de todo, estábamos cansadas; pero nos faltaba investigar y esperar la noche de las fogatas para buscar al sapo y saber qué cosa siempre era, que mi tía nos hacía asustar todas las noches.

Pero el día indicado fue todo un desastre, cuando nos levantamos, vimos por la ventana que había nevado toda la noche, todo el pueblito estaba blanco. – Bravo- decíamos desalentadas. – Chau fogata, chispitas, chau sapo- decíamos mirando la nieve que no dejaba de caer. El invierno en estas zonas es grave, la nieve es como la navidad de las fotos con el Papanoel, pero ¿qué raro que eso sacan en época donde aquí nos estamos asando y paspando las caras? Mi mamá nos dijo que eso pasaba en el norte, pero bueno, no importaba porque aquí también habían sabido hacer muñecos de nieve, como en las películas. Eso nos hizo olvidar de todo el despliegue que habían hecho en mi casa para las fogatas. Salimos a jugar con la nieve y a sacar fotos, formábamos bolas y bolas para estrellarlas unas contra otras, a ver quién lanzaba más fuerte y hacía llorar de canto, algunos campesinos hacían sus muñequitos de nieve, algunos estaban bonitos, otros eran muy enanos, pero uno de esos ratos, nos dimos cuenta que al centro de la placita estaba un muñeco gigantesco. – guaaauuuuuu- decíamos chapaleando en el suelo y con los lentes oscuros que nos habían obligado a ponernos nuestros padres. – Es un muñeco grandote- saltaba Kasandra, porque era la más enana y quería ver mejor el muñeco.

-¿vamos a ver de cerca?- preguntó María, cuando yo y la Kasandra ya estábamos en la plaza, vislumbrando la grandeza del muñeco. Llegó casi enojada porque habíamos corrido como locas para acercarnos al lugar, sin importarnos que ella era medio lenta. Ahí la conocimos a la Luzmila que se estaba jugando con el muñeco, le pusimos una nariz de la zanahoria más grande que encontramos en su cocina, jugando, jugando se prestó el sombrero de su mamá, y los ojos eran las tapitas de las botellas de refresco, nos faltaba la chalina, y qué chalina ni qué chalina, le conseguimos algo más caliente, le pusimos el aguayo de su mamá. Y así pasamos el día, contemplando y aumentándole más nieve y más nieve a semejante muñeco, que llegaba ya a una especie de muñeco obeso, tenía la barriga redondota y gigante, tanto así que se nos ocurrió hacerle enflaquecer porque nos daba pena, así que empezamos también a lanzarle bolas y bolas de nieve; pero nada, el muñeco no se caía, a lo menos su barriga.

–        Uá, ¿por qué no se derriba este muñeco?- decíamos asombradas y cansadas de quererlo derrocar. – Así siempre es en invierno, este muñeco- nos contestaba la Luzmila. Después llegó su mamá y casi le huasquea por encontrar su sombrero nuevo y su aguayo en el muñeco. Nos escurrimos con pena, pero le prometimos que volveríamos al día siguiente.

Un poco tristes por la Luzmila, comenzamos la odisea de buscar al sapo, nos fuimos a los charcos, y nada, puro jocollos, los cuales se movían rapidito en el agua. –Pobres inmaduros- les decíamos jugando, -¿Dónde está el jefe?- les seguíamos molestando con palitos. Bajo las piedras, en los arbustos, en los riachuelos que dejaba la nieve hemos buscado y nada. Llegó la noche, y a pesar de la nieve, los campesinos comenzaron a hacer sus fogatitas, nuestra familia, se emocionó e hicimos lo mismo, vimos cómo todo el altiplano se iluminada como con luciérnagas, no habían petardos ni nada de esas cosas, creo que fue una de las noches más pacíficas que viví. Nos cansamos de buscar sapos, así que nos dedicamos a jugar con nuestras chispitas toda la noche, calentamos nuestras manos y nos atrevimos a saltar por la fogata. Cuando nos fuimos a dormir, vimos por la ventana que una gran fogata se había armado en la plaza donde se encontraba el gran muñeco de nieve, nos levantamos de canto y queríamos ir a ver de cerca; pero mi tía Gaby nos lo prohibió. -Están derritiendo nuestro muñeco- lloraba Kasandra muy triste. – No creo que se derrita- la consolábamos. – Si ni siquiera quería derribarse, tranquila, vas a ver mañana que va a seguir ahí ¿ya?- así pudimos dormir a la enana; pero no pude dormir charlando con la María sobre nuestro muñeco y su posible derretida con semejante fogata. – Seguro que ha sido la mamá de la Luzmila- decíamos con rabia.

Al día siguiente, cuando nos volvíamos a la ciudad, decidimos ir donde la Luzmila y el muñeco; pero cuando llegamos a la plaza, no había ninguna plaza, ni casa de Luzmila, ni nada, sólo una gran bola con algo de nieve alrededor, nos acercamos y vimos que el muñeco se había estado derritiendo; pero dentro había una gran piedra. En eso apareció la tía Gaby, que corriendo nos empezó a reñir de la nada. No sabíamos lo que pasaba, porque estando lejos no le entendíamos ni jota. Cuando se nos ocurrió despejar un poco más lo que habíamos encontrado, nos íbamos dando cuenta que la piedra grandota tenía forma de, forma de…

-Ahhhhhhhh- comenzó a gritar la Kasandra, corriendo al encuentro de mi tía.

– ¡Es el sapo!- la seguimos nosotras, corriendo aterradas por la grandeza de semejante animal, de pronto pensaba que nos seguía dando saltos y saltos. –Croac, croac- me imaginaba en mi cabeza. – Vente, vente- mi tía comenzó a llamar nuestros ánimos, mientras nosotras queríamos seguir corriendo. No dimos vuelta ni para mirar el paisaje por última vez, llegamos a la ciudad y vimos las fotos que nos habíamos sacado con el muñeco y la Luzmila, todo era tan bonito. Reflexionamos que sólo se trataba de una piedra con forma de sapo y que eran cuentos locos de mi tía, así que ya no nos afectó. Cuando nos obligaron a vacacionar de nuevo por ese lugar, y estábamos decididas a enfrentarnos a la piedra, todo estaba diferente, no encontramos nada, ni la piedra, ni la nieve, sólo piedritas chiquititas, en forma de jocollos.

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