EL SUELO Y LAS ALTURAS

Claudia Daza

En realidad nunca supe con qué zapatos fue mi madre al hospital para parirme, pero sí conozco los zapatos con los que se casó. Alguna vez me los medí, son altotes, con terraplén, taco y punta cuadrada, plateados y calados.

Mis contactos con los zapatos de a diario, de fiesta y de trabajo dejan huella en este camino. Por ejemplo, aún guardo los zapatos ortopédicos que un doctor me recetó para mejorar mi pie izquierdo algo tendencioso, que solía dirigirse habitualmente a la derecha. Cuando las manías aparecen, es muy difícil borrarlas del camino, así me pasó con este pie, que ahora suele gastar más algún lado del zapato. Los zapateros me miran disgustados cada vez que les llevo el zapato izquierdo para que le aumenten algo de suelita.

Sin embargo, a pesar de las recomendaciones del ortopedista, me dediqué completamente al básquet; tanto así que acabé torciéndome el pie izquierdo el cuál resultó ser sanado con el golpe.

Y así, en este camino de zapatos, conocí muchos zapatos en movimiento, en los minibuses, los que apestan, en las fiestas los altos y bonitos, los zapatos apuestos y los intelectuales, los boblegumers que siempre quise de niña, los azaleia, las chanclas de hippie que me encantan, los mocasines, y las botas, las texanas y las industriales…Ni qué decir sobre los zapatos eventuales, es decir de esos que sólo sirven para algunos eventos como los de bautizo, los blancos de primera comunión, los de la graduación, los de la actuación de teatro, los de la primera clase de ballet, los de los quince, esos que duelen tanto después de bailar hasta las tres de la mañana.

Pero todo cambió, hasta mi pie izquierdo, cuando un día mis pies me llevaron a tomar clases de baile. El sentido de los zapatos cambió de rumbo, ya no eran unos terapeutas que sólo iban a cambiar el pensamiento de mis pies, sino también el sentimiento y el ritmo de mi vida. Mis zapatos de taco alto, permanecen en mis pies cada vez que quiero dar una vuelta, saltan, y taconean haciendo música con cada centímetro de suela. Así conocí zapatos maestros, de aquellos que habían vivido años perfeccionando la técnica y la forma de contactarse artísticamente con el suelo, vivía pisándome, equivocándome, resbalándome; pero con el tiempo empecé a sentir una pasión infinita por los zapatos y los sonidos que pueden salir de estos cuando se los escucha murmurar. Aún guardo y uso los zapatos que me compré hace trece años, están viejitos, los pinté para disimular su edad, a veces hago revisar las hebillas, incluso ya han tomado una forma extraña; pero suenan mejor que nunca, es mi instrumento musical favorito. Diría que se trata de un amuleto especial a la hora de dar un giro al ritmo de cualquier melodía.

Ahora, sin embargo, tras haber recorrido el sentido de un camino más lúcido y de haber taconeado en cada esquina de mi casa y de otras casas, me complace caminar en los pisos, y en las calles y sobre las piedras, con las suelas de mis pies, las cuales han tomado una forma muy sólida a la hora de encontrarse con las asperezas de la tierra. Porque después de haber vivido en el sube y baja del caminar, quiero aprender a vivir sintiendo este planeta. Cada mañana juego con mis pies descalzos, queriendo alcanzar el punto máximo en una patada, en una parada de manos, en una voltereta,  hasta quizás en una payasada, pero muy tranquila. En realidad nunca supe con qué zapatos mi madre fue a parirme, pero cada vez que encuentro una foto antigua de ella, me imagino que ella lucía esos zapatos cuando mi padre se enamoró de ella.

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