AMIGO NUESTRO, QUE ESTAS EN EL SUELO

Imágenes Radiohead, la voz de Tom Yorke

y los ojos de un director de videoclip

El hombre tomó una ducha fría a las cinco de la mañana. Escogió la mejor de sus pilchas, un ternito azul usado, el mismo que lució elegantemente cuando enviudó hace dos años. Se puso el reloj que le habían regalado los hijos que nunca tuvo, salió al sitio más popular de la ciudad y se lanzó en mitad de la calle para ser atropellado a primeras horas del día.

Pero justamente, ese día ningún automóvil apareció arrollándole el cuerpo. Debido a esa ausencia, un ciudadano tropezó con él, sólo el periódico y su cigarrillo pueden describir cómo fue el golpe espectacular que se dio entre las piedras. Asustado, comenzó a insultar al hombre, proyecto de suicida. Éste no contestó, se estaba dejando morir, y a falta de atropellos y golpes más certeros, decidió morir con una estrategia quizás más segura y menos conflictiva, no decir nada a nadie la causa de su sufrimiento. El silencio era su golpe final.

Nadie le creyó el chiste o la triste decisión ¿quién puede morir sin hablar a nadie? A los diez minutos del hecho fatídico, una quincena de hombres y mujeres de todos los tamaños y colores, rodeaba al hombre que se dejaba morir. No faltaba quién pensara que estaba tojpi, ese tipo de locura entendida en las tradiciones aymaras y que el único lugar para que reaccione era el loquero, ese tipo de lugar donde se curan a los distintos. Otros pensaban que se estaba haciendo al loco porque era un padre de familia que tenía una deuda millonaria; y quizá alguna muchacha sintió latir su corazón y salió espantada. Sin embargo, la pregunta más obvia salió a flote de los labios de otro hombre más compasivo, quizás psicólogo o cura español. – ¿qué pasa?-

– Cómo que qué pasa-  dijo el hombre que ya tenía  adormecida la oreja, el brazo, la pierna y el pie derecho. -Claro, ¿qué pasa?, hombre ¿qué te ocurre?-

El hombre comenzó a llorar desesperadamente y enojado comenzó a patear el aire, para que todos dejen de observarlo y se alejen del lugar. Claro está, que mientras más espectáculo hacía, más gente se acercaba.

Siguiendo la ejemplar actitud del cura o el psicólogo, las mujeres comenzaron a preguntar maternalmente, y los ancianos, y los maestros, y hasta los médicos le ofrecieron ayuda profesional. Nada, el hombre no reaccionaba, hasta que un policía especialista en suicidas llegó a ver los hechos junto a la tele. Todos hicieron campo para que el corpulento y poderoso hombre conociera al que yacía pegado en el suelo. Claro está que a nadie se le había ocurrido alzarlo a la fuerza; pero el policía tampoco tenía esa estrategia y menos los periodistas de la televisión. Conversó con el hombre, le hizo las mismas preguntas que los demás le habían hecho, y hasta fue un poco más maternal. Éste sólo decía que se había lanzado así a la calle por algo muy horrible que no les gustaría saber.

Sin embargo, la curiosidad del pueblo por saber una respuesta del suicida, terminó con la vida del pobre hombre. Pero, eso sí, a tanta insistencia de la muchedumbre incluso de los medios de comunicación que no dejaron de fotografiarlo hasta el final, el hombre, antes de morir, les dijo su verdad, les contó la tristeza y fealdad que tenía por secreto.

Aún recuerdo cómo se vio la calle ese día, cuando el centenar de gente decidimos dejarnos morir, echados en el suelo, con la oreja, el brazo, la pierna y el pie derecho adormecido y quieto. Sólo nosotros sabíamos la razón de nuestro silencio.

Claudia Daza

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