La estrella más brillante del sur apareció en el mismo instante del choque.  Su cabeza aún sangraba,  un golpe en la nuca fue la causante de toda esa oscuridad. Aún no recordaba algunos nombres de amigos que venían a estrecharle la mano; pero recordó exactamente cómo se había accidentado esa noche.

Solía escoger el asiento derecho y trasero de los minibuses, para no recibir el cruce de aire que entra por las ventanas, para no estar dando paso a cada rato a otras personas y para no estar tan cerca del niño que cobra. Pero esa noche decidió tomar un minibús aunque no tuviera el asiento que deseaba. Se sentó adelante, al lado del chofer.

Cuando entró, trató de sintonizar alguna radio interesante en su walkman y decidió escuchar música mística. Desde ese nuevo punto de vista en el minibús, todo era distinto, la voz del chico voceador aparecía y desaparecía por su oído derecho, sentía más cerca el motor, veía el dinero que manejaba el chofer, veía en la calle cómo la gente se entrecruzaba sin importarle los semáforos. No importaba nada a esas horas de la noche.

Cuando estaban por el Prado, la calle se había paralizado, los autos habían dejado de moverse…todos apuntaban unas luces en el cielo. Al encontrarse en primera fila pudo ver mejor lo que todos apuntaban maravillados, eran unas luces que giraban envueltas en las nubes amenazantes de lluvia. Comenzó a conectarse internamente cuando supo que se trataba de visitantes, de extraterrestres. La intensidad aumentó en sus oídos porque las luces comenzaron a bailar a su ritmo. No quería romper la magia; pero decidió sacarse los audífonos para escuchar los comentarios de las personas. Se trataba de una trancadera y las luces no eran extraterrestres, eran las luces de una discoteca nueva. Se desconcertó por ese instante de gloria. Se fijó en las personas que iban atrás y todos tenían la mirada perdida por las ventanas, nadie se había ilusionado aunque sea por un minuto como ella lo había hecho. Observó al chico voceador, quién iba aplastado en un rincón, sin asiento donde descansar del trabajo, a su lado una señora con su bebé, y al otro lado un joven parecido a ella, con su walkman; sin embargo la música sería distinta porque él tocaba su batería imaginaria. Pero en un instante, él se dio cuenta que lo observaba, dejó de tocar su batería, y la miró, se sacó los audífonos y le dijo: ¿Qué buena onda las luces no? Yo también pensé que eran extraterrestres.

Ella se asustó y dejó de mirarlo, decidió volver a la rutina de encerrarse acústicamente en su acompañante musical. En eso, el espectáculo de luces había desaparecido. De lejos y de cerca sentía que el chofer charlaba sonriendo con el niño voceador, sentía cómo la gente subía y bajaba afanada del minibús. Ya no le interesaba las temáticas de la realidad, había vuelto al momento de gloria con la música; pero de rato en rato se fijaba por el espejo retrovisor que el muchacho del walkman la miraba.

El sur se hacía más evidente con sus calles solitarias, la mayoría de las luces estaban apagadas, las bolsas de basura en las esquinas eran festín de perros y gatos, y los semáforos señalaban el color que les daba la gana. Cuando giraron al sudeste, un gran aparato se encontraba en el centro de la calle, muchas luces salían de sus ventanas. Esta vez ya no estaban en el cielo, esta vez ya no se trataba de luces de discoteca, esta vez era un objeto brillante el que se acercaba rodando como una bola por el camino.

El río era el único testigo de esa aparición, la música subió de intensidad, el panorama era tan distinto cuando viajaba adelante, quería robarle el volante al chofer, quería gritar, quería sacarse los audífonos y no podía. Se dio la vuelta para avisar a los demás pasajeros, pero todos estaban quietos mirando como siempre por las ventanas, como queriendo huir de sus asientos, quería decir gritar pero enmudeció. No le dio tiempo de hacer nada. Era una sensación de impotencia, todo era cuestión de un segundo. No le quedó nada más que dos mirada, la del chofer y del muchacho que seguía observándola.

Vio en los ojos del chofer una expresión muy rara cuando se dirigió al niño voceador y le preguntó por qué la luz era tan intensa. En ese instante, cuando vio la estrella más brillante del sur, se dio cuenta que el chofer había quedado enceguecido. Después del choque aún la música mística salía de los audífonos desparramados en su pecho y se mezclaba sutilmente con la música del muchacho, sólo que esta vez él ya no la contemplaba como lo había hecho desde que ella subió al minibús.

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