Las piedras por este sector huelen a leyenda. Guillermo no reconocía las historias de estas rocas; pero sí le gustó acordarse del misterio que aún tiene la ciudad viéndola desde estas alturas. Cuando llegamos casi a la punta de este sector, ésta se veía muy pequeña; pero tenía una forma abierta a cualquier posibilidad de extensión que le proponía el Altiplano. Lo primero que deleitaba su mirada poética era el color del cielo, entonces, esa conexión hombre-universo se plasmaba en la ciudad de La Paz, que resumía los colores del cielo y de la tierra. Habíamos llegado a la Muela del Diablo, lugar donde el paraíso y el infierno son vistos como la misma promesa.

Lo que resaltaba entonces, era la línea plana que atraviesa la ciudad de El Alto, con sus antenas, sus iglesias y las cruces que cruzan energía a través del cielo. Las luces habían comenzado a encenderse en las laderas, el segundo sector en resaltar cuando miras la ciudad desde tan lejos. El viento jugaba con su cabello largo y el saquito viejo que no se sacaba ni para dormir, mientras él trataba de adivinar el nombre de las zonas y sus poemas.

– Aquella debe ser Llojeta- apuntaba justo al lugar donde faltaban casas y se veía  el trecho de tierra derrumbada. – Y la que está de frente es Villa Victoria- sonreía sacando fotos imaginarias. – Ese es Sopocachi- lo contemplaba. Le parecía romántico el desfiladero de luces que nacían en El Alto y terminaban casi en Ovejuyo. Lo bonito para él, era el color ladrillo de las casitas, construcciones que nunca habían llegado a la obra final. –cuánto diseño de albañiles- decía asombrado. Yo relacionaba esas casas con las montañas rojizas que nacen en el sur, caóticas.

– Cuánto ha crecido- le decía a mi sombra mientras trepábamos la montaña. Era invierno, nos habíamos traído algunos libros y poemas en vez de más abrigo; pero nos distraíamos mirando la figura que tenía la ciudad a las seis de la tarde. Realmente se podía distinguir las zonas de la ciudad por el estilo de electrificación que éstas tenían. Las carreteras eran las más rectas o de figuras zigzag hacia el centro; además era fácil ubicarlas por el movimiento de las luces automovilísticas. Las zonas más pobres, o sea las laderas, tenían la luz muy amarilla casi llegando a un rojizo que muere en el café, hasta los postes de madera y las graditas nos podíamos imaginar. Y cuando no había luz, sabíamos que eran los árboles o los derrumbes de las casas prohibidas en la ciudad o el río que no tenía luz, sino un olor que no llegaba tan lejos. Desde este lado no se puede ver bien el centro; pero es como si la luna se hubiera estacionado encajando perfectamente en el cráter de tierra que habían formado las montañas. Es decir, el color del centro es más frío, su luz es más intensa; formada por cúspides cuadradas, calles iluminadas toda la noche y los avisos comerciales de los que tienen plata. Pero eso sí, la luz más brillante, venía del stadium, que tampoco lo veíamos; pero sentimos el grito de gol que surgió en su curva sur.

Desde este lugar, que parece un edificio hecho por Marina, se puede escuchar el murmullo de la ciudad. Basta cerrar los ojos y sentir la diferencia entre el sonido de este valle y el sonido del más allá. Se escucha todo, los carros, los varitas, las personas saliendo de sus trabajos y los micros, los televisores, los goles, los prestes, las misas, las mesas, los ruidos y sonidos que en cada calle de la ciudad aparecen y desaparecen. Es como cuando escuchas el sonido del mar en una concha. Así de igualito se escucha desde la montaña, la diferencia radica en la expansión de su sonido. Y supuse que a cada hora ese sonido cambiaba, como cambia la luz y la brisa.

También vimos la luz más ordenada. Es decir, la que va disminuyendo en las zonas residenciales, una luz ni muy fuerte ni muy débil, una luz diplomática, de las que te alumbran pero no deslumbran. Es entonces cuando nos damos cuenta que la ciudad se acaba cuando no hay luz, porque donde no hay luz comienza el pueblo o la montaña, los sembradíos y otros sueños.

– Esta ciudad de noche es como el universo- me susurró casi soñando.

– Cada zona con su planeta, su estrella y su agujero negro- le contesté mirando cómo el sol ya se había retirado dejando como encargada centinela a la luna y a Venus como amuleto.

– Y la vía láctea,  es la cordillera- me sonrió, fumándose un puchito.

-¿Cuándo vas a volver a escribir poemas?- le pregunté con una sonrisa curiosa.

Se quedó callado, me miró con mucho cariño y botó el humo que tenía encerrado en la garganta; preferí cambiar de tema entonces. La ciudad tenía la forma de un cóndor con sus alas abiertas para mí, para él era un plato de sajta bien servido, y así jugamos toda la noche con las imágenes que formaban las luces de la ciudad a cada hora, era como adivinar las figuras que se forman y deforman en las nubes.

Ya casi por las tres de la mañana, cuando acomodé las cosas para dormir, él ya no estaba, el joven poeta se había ido. Me contó que retornaría a las calles, a las laderas y quizás hasta se subiría a un micro o cualquier automóvil que lo pasee por esta ciudad. Me había prometido quedarse un poco más, pero era demasiado joven como para estacionarse en un solo lugar y contemplar estos paisajes. Me senté a mirar el panorama, esta vez todo estaba silencioso, me puse a fumar, lo extrañé y aunque no lo conocía muy bien, sentía una melancolía por su rostro. En ese instante, un rayo cayó muy cerca del altiplano, y tras el trueno que hizo la diferencia ante el silencio, la luz de la ciudad se desvaneció y sólo los rayos la iluminaban.  Ahí,  recién me di cuenta, temblando, que él seguía escribiendo la ciudad desde las alturas.

Claudia Daza

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