Para P. Hedden y K.C., por nuestro viaje a  Canadá

To my wife for our travel to NY

Los ratoncitos de ambos lados corren y corren en búsqueda de un encuentro. Cuando sucede, las teclas comienzan el concierto de dos horas.  Dos computadoras son testigos, además de los lentes de contacto en el hemisferio sur, y unos anteojos gruesos y descuidados en el hemisferio norte. En el sur, un montón de sillas se repiten, quizás hechas por el mismo carpintero, monitores y monitores, con música disparada en audífonos secretos, con idas y venidas de imágenes repetitivas. En el norte, se desparraman los libros antiguos, una que otra hoja seca del otoño, una cama destrozada por la ociosidad y muchas fotografías en la última esquina del dormitorio.

Josefinekat tiene la intención de chatear con algún latino, de esos que preguntan las medidas y los gustos musicales como la salsa y el merengue; pero esta vez se le antoja hablar con algún gringo; entonces recurre a las páginas donde todos los colores del mundo interactúan a través del inglés, donde los rusos se entrelazan con japonesas, hindúes con alemanas, latinas con yanquis, Josefinekat con Peter69.

Peter69 debe concluir con su trabajo; pero como siempre se distrae en la pantalla, y más aún si se trata de conocer a una chica, de esas que están desesperadas por conocer extranjeros y largarse del país para seguirlo hasta el fin del mundo, si es que el mundo acaba en algún lugar.

En fin, la magia aparece cuando de ambos lados deciden entrar al mismo cuarto de conversación.

– Hola, soy de la luna- escribe Josefinekat sonriendo como las caritas felices que aparecen en su pantalla.

–          Yo soy de Canada- responde Peter69, satisfecho de haber encontrado alguna conversación rara en el mundo virtual y sin el tilde de “Canadá” que correspondería escribir correctamente en el idioma de Josefinekat.

Cansado de entablar conversaciones con chicas que siempre responden las cosas obvias, se emociona por conocer a una lunática. Todas las ideas sobre preguntas recurrentes invaden su cabeza, pero Josefinekat se le adelanta preguntándole qué se siente vivir en Canadá. Okey, Peter69 decide describir por lo menos su habitación.

Por un momento, la lluvia en ambos lados interrumpe la charla. Peter69 espera la descripción de la luna; pero no aparece ningún mensaje. Se siente desalentado.

Por el sur, Josefinekat mueve con rabia al ratoncito que es testigo de la lentitud de este hemisferio y su tecnología.

–          Amigo, ¿me puedes ayudar con esta máquina?- levanta la mano desesperada.

–          Así siempre es señorita- responde el ayudante del internet.

Para el ayudante le es  indiferente la importancia de una conversación de cualquiera de sus clientes. Está acostumbrado a la lentitud de su servidor, las colgadas de su red y el café que no es tan bueno como lo presume el lugar.

Tras haber realizado movidas con el ratoncito, Josefinekat recupera la normalidad, busca a Peter69 y lo encuentra como quien espera una cita en la plaza. Pide disculpas. A Peter69 le alegra no haber sido él, la causa de la desaparición. Retoman la magia del primer encuentro, retoman la conversación. Sin embargo, cada uno, desde su silla, comienza a sentir la nostalgia de la distancia, imaginar un lugar, imaginar un rostro, una voz, todo dentro de todas las posibilidades de caritas felices, corazones partidos, chistes, puntos suspensivos y tardanza de mensajes.

Después de cuarenta minutos, la creatividad se diluye, quizás por la lluvia. Josefinekat ya no sabe qué escribir, sólo se le ocurre reírse. Habían hablado de todo, de la situación económica y amorosa de la luna, de la mala distribución de neuronas en el mundo, de que en realidad el norte no era el norte sino el sur desde un punto de vista estelar, de que se habían acabado las flores y los árboles, y de la indigestión que a ambos les causaba comer chocolate viendo películas de acción.  Habían hablado de todo, menos de lo más obvio en una charla virtual, la edad.

En realidad, Josefinekat había tenido experiencias desalentadoras a la hora de decir cuántos años tenía, siempre la habían abandonado después de revelar la verdad. Ella busca alguien que la entienda, y bien, piensa que a Peter69, como a todo anglosajón, no le molestaría saber su edad. Se limita  a escribir que es bastante joven. Ese misterio entusiasma a Peter69, quien decide seguir charlando con la sutileza de quien no se da cuenta de la realidad.

La elegancia y cortesía le genera mucha confianza, le parece distinto a todos los que había conocido,  era distinto a Xuxoxxx que no dejaba de hablarle de sus senos, era distinto a Unicornio que no dejaba de hablarle de la revolución, y era distinto a Angelus2002 que no dejaba de insultar a los sudacas. Ahora a Josefinekat no le interesa el planeta, el color, el hemisferio, la edad…aunque…

–          Soy muy changuita- piensa preocupada.

Sin embargo, decide dar el paso, después de alguna carita feliz de por medio.

–          Ok, ok, tengo 13 años J- y se arrepiente después enviar el mensaje con un Enter, pero ya es tarde.

Peter69 sonríe; pero la nostalgia de la soledad nuevamente lo invade, mira todo lo que había estado trabajando durante esos días, horas y horas de maquetas, dibujos, libros, le pesaban los años de la historia, estaba cansado. Quiere retirarse de la charla porque tiene miedo sentir algo distinto en su corazón; pero algo le dice que podría resultar.

–          ¿Por qué no?- se saca los lentes y retoma el teclado.

De pronto, a la hora de lanzarse al estrellato, se da cuenta que la pantalla fallece repentinamente. Fallecer es una exageración de Peter69 cuando su computadora se cuelga, pero en ese instante fallecer era nada porque había perdido todo el contacto con Josefinekat.

–          A la puta- piensa desesperado.

Reinicia su PC, no deja de mover al ratoncito que no descansa hace una hora y cincuenta minutos, teclea sin ton ni son, golpea el monitor, no puede perder la charla; pero tiene miedo enamorarse de alguien que dice ser de la luna.

Josefinekat mantiene el enter afligido en su rostro durante tres minutos sin respuesta, mira a todos en el caféinternet ensimismados en sus monitores, mira al ayudante que le señala que falta poco para las dos horas. Se arrepiente haber dicho su edad, sabe que Peter69 podía haber tenido 19 años y que apagó aburrido su computadora.

–          Soy una feta- alza su mochila y busca el dinero para pagar por sus casi dos horas.

De pronto, Peter69 aparece como un héroe buscando dónde es el incendio, el ajayu de Josefinekat vuelve y sonríe. Quiere escribir que en realidad tiene 19 años para ver qué pasa, pero Peter69 se le adelanta con algo muy extraño.

–          Sé que eres un poco menor para mí, pero las cosas podrían resultar- lee Josefinekat aliviada.

–          En realidad, yo también tengo vergüenza decirte cuántos años tengo- deja de escribir Peter69.

Josefinekat se preocupa.

–          Cuántos años tienes?- teclea lentamente. Enter.

Los lentes de contacto son cómplices de la larga espera de Josefinekat. El sur espera la respuesta del norte. Los lentes gruesos de Peter69 son testigos de la verdad. Los satélites llevan la respuesta, de unas teclas gastadas a otras nuevecitas, la respuesta en mayúscula llega al corazón de Josefina.

–          TENGO 55 AÑOS J-

Una carita triste L le invade por todo el cuerpo, piensa que es un viejo verde de esos que buscan jovencitas para llevárselas hasta el fin del mundo, quiere llorar porque ahora entendía tanta generosidad escondida. Claro, era un anciano quien la trataba caballerosamente. Mira a la gente ensimismada, el reloj que marca sus dos horas de internet y decide retirarse, tiene miedo responder, a lo mejor, el viejo estaba en el mismo café, y la estaba mirando, y no era de Canadá y …

– Mejor me voy- Josefina cierra rápidamente el room de conversación. No puede creer que le shokee tanto esa respuesta, que después de sus problemas existenciales con la edad, no acepte a un viejo de 55 años en una simple conversación. Paga rápidamente, alza su mochila y decide ir a clases de inglés.

Al otro lado, las manos de Peter quedan quietas ante la desaparición repentina de Josefina. Sabía que la reacción de siempre en las niñas era la misma, apaga desoladamente la computadora personal, recorre por el cuarto desordenado, mira por su ventana y decide salir a pasear como siempre, alza su mochila, la cámara fotográfica y su skate. Deja una nota en la cocina.

–          Ma, salí con los cuates, ya terminé mi tarea –

Claudia Daza

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