Beba y Luciana se encuentran en el salón de belleza. Ambas lucen desarregladas; pero  deciden arreglarse las uñas, depilarse las piernas, y hacerse un peinado moderno. Algo de esta terapia las calmará un poco, porque Beba está un poco triste y Luciana trata de tranquilizarla.

–          Su rimel estaba corrido, su lápiz labial parecía ordinario y su taco estaba roto.

–          Pero ¿por qué le gusta ir tanto donde ella?

–          No sé, sus aretes y manillas son las mismas de hace años. Nada que ver su cuarto, un basurero.

–          Pero sigue con ella. Te consta.

A Luciana le lavan el cabello y a Beba comienzan a depilarle la pierna derecha.

–          Ni idea. En tesoros nomás piensa él; pero no sé qué le ve a esa mujer.

–          Debe ser esa cajita musical que guarda en su ropero.

–          ¿Tú crees? Pero él me ha prometido quedarse conmigo.

–          Pero, sabes nomás cómo son los hombres.

Beba se mira al espejo con orgullo.

–          Aquí tiene todo, yo se lo cocino, se lo limpio sus cosas, tiene comida, tiene cama y hasta cariño le doy, de vez en cuando. ¿Ya qué quiere con ella? Si es una floja, descuidada, malhablada, parece hombre.

–          Mi marido igualito es a veces, hay que comprenderles.

–          No sé, yo creo que éste es un interesado, sus joyas nomás va a husmear, ni cariño le debe dar.

–          Así son de desagradecidos, así los criamos pues a los hombrecitos.

Luciana extiende su mano para la manicura. A Beba le gusta cómo Luciana conserva las uñas largas.

–          A veces pienso que cada vez que la visita, ella le mete ideas sobre mí. Clarito llega de mal humor, se pone a preguntarme todo y yo ya sé dónde ha ido.

–          Mala es, no te quiere ¿no?

–          No sé, yo no le he hecho nada. Sólo le critico sus peinados, su ropa, tan mal escoge su maquillaje, no parece señorita pues.

–          Así son estas.

Beba se levanta, ahora puede lucir la falda que su amante le regaló, se cepilla un poco el cabello y guarda el brillo de boca en la cartera.

–          El otro día, ya nomás ha llegado la birlocha y me ha dicho que soy un vulgar maricón, roba maridos, pervertido, todo me ha ofendido.

–          Cómo pues, si vos eres la mejor de este barrio. Ella es peor que todos nosotros juntos.

Claudia Daza

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