Por los recuerdos del Carlitos

No hay nada parecido a la experiencia de dormir en el Illimani y más aún cuando sabes que hay tanto cadáver fresco alrededor. Había llovido toda la noche, el avión se había estrellado aproximadamente a las ocho, cosa que al amanecer ya todos sabíamos del accidente.

Nos llevó subir como dos días al lugar donde se había estrellado el avión, nos explicaron después que había sido como un vuelco de campana con dos explosiones que lograron destrozar todo lo que había dentro. Esas veces no teníamos radar en el país, entonces fue por un error de milímetros que el piloto no logró informar y chocó en la punta trasera de la montaña. Éramos dos grupos, de los que siempre hacíamos rescate  y de la gente que quería subir, de la misma embajada americana, de los aficionados y otros jóvenes alpinistas.

En mitad de la subida me encontré con un gringo tirado en la nieve, creí que era mal de altura, no sé, pensé que subía para buscar los restos de algún familiar, hablaba incoherencias y temblaba, no logré entenderle pero decidí bajarlo para que reciba ayuda. Cuando llegué a las faldas del Illimani, sus guardaespaldas corrieron en su socorro, había sido el famoso alpinista Charly Becker que había subido a la montaña unos dos días antes del accidente. Le había dado un edema pulmonar. Lo dejé y decidí continuar la ascensión. Horas después, ya casi en la noche logré encontrarme con mis compañeros.

Cada vez que nos acercábamos olíamos a gasolina y a muerto, una mezcla rara entre quemado y podrido. Llegamos al avión nadando, el agua nos cubría casi hasta el cuello porque la nieve se confundía con trozos de hielo, algunos pensaban que iba a caer alguna avalancha pero yo vi que el terreno estaba todavía firme. Debíamos llevar evidencias para confirmar que se trataba del avión desaparecido, lo primero que vimos fue la turbina, después, encontramos harta plata y cueros de iguana. Pensábamos encontrar pies o brazos; pero sólo encontramos pedazos de carne esparcida y casi cubierta. Alcé una cabellera y me encontré con una máscara, como las caretas del carnaval; era sólo el rostro de una mujer que parecía de goma.

Llevé una filmadora para que vean luego cómo estaban las cosas. Lo más grande era la turbina y la cola, buscamos las maletas, tarjetas de crédito y todo aquello que confirme que se trataba de lo que se estaba buscando. Habiendo trabajado todo el día, armamos una carpa y nos dormimos casi cerca.

Esa noche no logramos dormir ya que a eso de las once, mientras preparábamos una sopa, sentimos que se acercaban otros rescatistas. Le dije a uno de los ayudantes que vaya a recibir a la nueva gente, éste salió con una linterna; pero llegó tembloroso señalando que no había nadie, que incluso se había acercado a los restos del avión. Era extraño porque nosotros sentíamos los pasos pesados sobre la nieve, era muy claro el sonido. Nos quedamos incluso varios minutos en silencio, y cuando decidíamos hablar,  la caminata se repetía una y otra vez.

Yo había experimentado esto antes; uno siempre se encuentra con calaveras o cuerpos congelados en la montaña. Esta presencia era diferente a la de otros rescates, mirábamos la nieve, nos protegíamos con ella, pero de trecho en trecho encontrábamos un resto de carne, incluso dentro de la misma carpa. Sin embargo, sospechamos que ese sonido venía de un experto alpinista, no era un alma viajera inexperta en las montañas. Este era un hombre que sabía de las alturas.

Le teníamos más miedo al sonido que a los restos de carne que flotaba fuera de nuestra carpa. Le teníamos miedo al silbido del viento mezclado con la lluvia suave que caía sobre la montaña. Si se trataba del alma de un indio, clarito se sentía el olor de su boca, cerca del rostro, y si era una mujer se sentía la brisa de su paso. Los viajeros del avión aún no eran almas en pena, sus rostros lo expresaban todo, no necesitaban energía que los represente. El visitante era de los nuestros, de los que amamos la nieve, que sentimos pasión por las subidas eternas.

Encendí rápidamente la cámara, no tenía miedo, quería registrarlo todo para mostrarlo después como la experiencia más fascinante de mi vida. La oscuridad dominaba el entorno. Abrí la carpa y sacamos linternas para saber quién era el que merodeaba durante más de una hora. Lo primero que alumbramos fue un asiento chamuscado, después otro cuero de iguana y al final el rostro fijo de un hombre desesperado, sentado encima de un motor. Estaba casi desnudo y temblaba de frío. No sabía si seguir filmando, porque choqué bruscamente con su mirada. Lo contemplamos por un rato y nos entró la duda de saber quién era realmente.

─¿Dónde está el gringo que tenía que venir a recogerme?─ nos dijo. ─¿Dónde está?─ y se fue acercando de rodillas. Dimos dos pasos hacia atrás mientras el hombre no dejaba de mirarnos miserablemente.

─¿Quién eres?─ le dije sin fijarme que la cinta de la cámara se había terminado.

─¿Dónde está ese gringo?, lo voy a matar, le voy a cortar los pies, le voy a cortar los pies, por su culpa yo perdí los míos ─decía más desesperado, como buscando entre nosotros al hombre que nombraba.

─Aquí nadie es gringo, todos somos morenos, a ver fíjate─ nos alumbramos los rostros como una única forma de salvarnos. Todos estábamos pálidos de miedo. Apenas se sostuvo, se sujetó de nuestra carpa y me quitó la cámara. Sólo me mantuve en pie, tratando de registrarlo aunque sea con mis ojos para contar la historia. Me miró fijamente, era otro gringo, era un alpinista, estaba perdido, me miró por un instante, exhaló y sentí un fuerte aliento a gasolina.

─¿Tú lo viste, verdad? ─me dijo aún enojado. ─Tú lo viste bajar por la montaña, tú lo viste abandonarme, hijo de puta ─me empujó y cayó desarmado.

En ese instante, uno de mis compañeros lo empujó, sin considerar su estado, a uno de los charcos de gasolina y lanzó un fósforo encendido. No podíamos escapar, el cuerpo del hombre empezó a quemarse mientras gritaba revolcándose sobre la nieve y boyando en el pequeño charco. De pronto nos empezó a lanzar todo lo que encontraba, veíamos y sentíamos llegar trozos de cuerpos sobre la carpa que cerramos rápidamente con candado. Yo sentía el cuerpo de mi compañero y creo que hasta se había meado del miedo; pero el orín era nada comparado al olor que sentimos durante esas horas. Toda esa noche, el hombre envuelto en llamas se revolcaba y corría alrededor de nuestra carpa; pero en ningún momento intentó entrar y quemarnos. Lo único que recuerdo es ese su reclamo por el gringo que lo había abandonado.

Cuando amaneció salimos y no encontramos a ningún gringo chamuscado. Decidimos bajar de la montaña. Después me dijeron que Charly Becker me esperaba en un hospital ya que quería agradecerme por haberle salvado la vida.

Fui al lugar señalado y éste me agradeció por haberlo salvado de la hipotermia y el edema que lo había congelado en la montaña. Le pregunté si había ido a rescatar gente o buscar cosas perdidas del avión y me dijo que no, que sencillamente trabajaba de guía para otro gringo. Pero lo había abandonado para buscar ayuda, al momento de sentir la explosión en la montaña.

─Ya no quise volver ─me dijo, arrepentido─. El ya era hombre muerto porque se lastimó uno de sus pies y en ese estado no hubiera podido salir de ahí.

Preferí no contarle nada; sin embargo me sorprendí cuando vi su cuerpo, porque al momento de llegar al hospital los médicos habían decidido amputarle los pies.

CDD

publicado en la revista boliviana de cuento Correveidile

Anuncios