– El reloj de la Plaza Uyuni cambia de hora cuando se le ocurre- pensaba ella cuando salió apurada del edificio y sin la expresión que había tenido cuando entró hace quince minutos.

Las brujerías le habían salido mal, el maquillaje era un arma mal empleado, y el cabello no era el mismo después de la primera cana que apareció hace un mes.

– Sabía que lo iba a encontrar con otra- comenzó a llorar al bajar hacia el Stadium. Se detuvo para ver a los heladeros y recordar cómo había conocido su última perdición. Le dio hambre, pensó en devorar un chicharrón y beber hasta el final de la tarde; pero decidió seguir en camino.

La riña había servido para que el rimel embarrara su rostro y para que vuelva al peso normal contenido a base de fajas y respiración incompleta. Era la tercera vez en un año que pasaba por esta calle con la misma sensación, esa esperanza de que él corriera detrás para pedirle perdón y suplicar su regreso.

Agudizó el oído para escuchar el típico silbido que le daba desde la esquina, señal para la media vuelta y la sonrisa; pero no pasaba nada. Decidió caminar lentamente, mirarse en las vitrinas y secarse la nariz. Adivinó el tiempo de los segundos, supuso los minutos que le había tomado bajar las gradas, buscarla y silbarle sus canciones favoritas caminando detrás de ella. Cuando se dio cuenta que sólo se escuchaba el silbato de los baritas y el bocinazo de los micros, se agachó y empezó a caminar decidida; pero el sonido esperado apareció.

Era muy diferente a los otros, esta vez era una tonada más alegre, el ritmo de un hombre más pacífico y tranquilo, un silbido lento que apaciguó cualquier desastre en la tarde, una melodía que como muchas otras veces logró obtener una pequeña sonrisa.

–          Sabía que venía por mí- esperó sin dar vuelta.

Los pasos del hombre ni se sentían por la acera, pero el sonido que salía de su boca no sólo logró el silencio de una mujer sino de varios transeúntes. El susurro en su oído se hacía inmenso en instantes, la tonada que escuchaba era la más dulce que le había dedicado. Decidió abrazarlo y volver con él; sin embargo cuando giró, sólo vio pasar a un anciano campesino que no había vendido ningún limón y que había optado por darle algo de música a la calle con sus silbidos.

Claudia Daza

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