Para Luis Alberto y Rosbita

Su alma aún transita por el cementerio, todavía con el arrepentimiento de haberlo creado y nombrado como su personaje y asesino favorito. Sin embargo, cada vez que siente el olor de las salivas de la gente se acuerda con deleite de su propia historia.

La joven escritora lo había construido como un muchacho desaliñado, con melena, despreocupado, misterioso e inteligente, salvo la locura que tenía por dentro, tanto así que era capaz de asesinar a la mujer que tanto amaba.

─Mucha tele ─decían sus amigos a quienes contaba la historia sin resolver. El sentido de los asesinatos tenía un sabor a tango, navaja y humo de cigarrillo. La mirada de un hombre y la sangre eran suficiente ambiente para fabricar un cuento de cacería.

Le faltaban muchos detalles y ni siquiera encontraba el rumbo real de la historia, hasta que uno de esos días abrió la puerta de su casa. Una de sus amigas traía por delante a un joven para presentárselo. Cuando encendió su cigarrillo vio en el muchacho el rostro de su personaje.

─Te pareces a uno de mis actores favoritos ─le dijo, muy interesada. Él evitó cualquier comentario; pero no dejaba de mirarla.

─En realidad, te pareces a uno de mis personajes ─aclaró la idea para mejorar la conversación; pero tampoco reaccionó. Se sintió tonta.

─Hola, me llamo María, soy escritora ─le extendió la mano diciéndole su seudónimo.

─Mentira, ese no es tu nombre ─se burlaba la amiga.

─Hola…María ─dijo él, dejándola callada.

El miedo comenzó en ese instante. Ella sabía que sellaba un pacto con ese hombre. Les invitó a tomar café, él la miró como el perseguidor mira a su presa. Y mientras desviaba la mirada, sus ojos negaban cualquier posibilidad de separación.

─Mi personaje se llama Salvador ─comenzó a contarle.

Fue la tarde de la creadora y su personaje. Cuando ella no tenía la palabra precisa, él la pronunciaba salvándola. Eran las caídas y los rescates que sólo él y ella podían entender. Todo sobraba, quedaban sumergidos en el café, una piscina oscura donde ella no sabía nadar y él la sacaba a flote para arrastrarla a la orilla de la taza. Cuando se enteró que era un asesino, le apasionó pronunciar su nombre ficticio y sentía que en cada avance de la historia se transformaba exquisitamente en un sueño o la mejor de las pesadillas.

El ritual verdadero de la cacería empezaría en la calle cuando uno de esos días él decidió perseguirla.  Ella caminaba apurada, de pronto sintió detrás los pasos de alguien, eran del supuesto Salvador. Al principio quería hablarle; pero después prefirió seguir con el juego. Quería mirar; pero sentía el movimiento de su melena al ritmo de su falda, la intuición de hembra le decía que la estaba persiguiendo. Se limitó a mirar el camino; pero minutos después sintió que la perseguía de lado, que la acorralaba contra la pared, porque ni siquiera podía girar la cabeza para ver el tráfico. No pudo resistir y decidió mirarlo, entonces chocó con la sonrisa más rara que viera en cualquier calle de esta ciudad. El tiempo se paralizó en ese rostro, el encuentro era una mezcla de misterio, miedo y seducción.  Era cuestión de segundos, volvió a ver su camino y se encontró con un amigo, lo abrazó y entraron a una tienda. Al salir, el muchacho que encarnaba a su personaje ya no estaba. El alivio volvió a sus zapatos.

Se quedó pensando en lo que había sucedido, tenía su número telefónico escondido, por miedo. Pero toda imaginación cobraba sentido cuando se enteró por la amiga, que el joven había comentado que había encontrado a la mujer de su vida, que su sueño siempre había sido enamorarse de una escritora, para después asesinarla.

Era un sueño que sólo la escritora, María, podía entender, porque la muchacha se olvidó de la magia, de su seudónimo, del amor y de los cigarrillos. Se trataba de una joven que quería aprender a escribir historias de misterio, se puso a coquetear con alguien que creyó su personaje y que ahora ya ni siquiera quería salir a la calle. El miedo brotaba cuando veía el rostro de quiénes se cruzaban con ella o subían a los micros.  Había adquirido la manía de darse la vuelta para convencerse que nadie la perseguía. Se hacía acompañar a su casa, no contestaba el teléfono y lloraba cada vez que tenía miedo en las calles. Era un ir y venir por la ciudad con un arrepentimiento y un temor de víctima.

─Pero a vos te gusta eso, te encanta la idea de que te persigan ─le decía su amiga cansada de consolarla. Y sí, se dio cuenta que necesitaba la atención de alguien para saber que estaba viva. Se había refugiado en la fantasía, y saber que alguien la quería como carnada la hacía sentir la mujer más privilegiada.

Sentía que la muerte la acosaba en sus creaciones. Salían poemas, cuentos y otras historias donde ella era un francotirador sincero. Nunca dejó de mencionar la sangre con respeto, porque sabía que era una aliada que traicionaría sus historias para acabarla en cualquier esquina. Un día se le ocurrió llamarlo, obviando la idea de ser atrapada, lo invitó a caminar por la plaza para poder estudiarlo mejor.

Puntual, estaba esperándola sentado en el banco de la plaza indicada. Era una cita entre asesino y escritora, en este caso investigadora, porque lo invadió con preguntas. Supongamos que ella era María y él, Salvador. Inició la conversación, ni siquiera lo miraba, se fijó en su cuaderno para escuchar sus respuestas y anotarlas. Él decidió seguir el juego, claro, porque ella era la escritora.

─¿Y conoces a otros asesinos? ─comenzó.

─Sí. No prevén estrategias. Es como si todo el odio lo hubieran recibido por leche materna, el que tú hagas daño les inspira, tienen más calidad ─miraba a las palomas que habían decidido acompañarlos en la charla.

─¿Cómo eres, Salvador? ─anotaba caóticamente.

─Grotesco, urbano, anarquista, quiero salvar al mundo por una acción de amor. ─Sentía que su mirada acompañaba sus manos que anotaban y a veces tachaban palabras que no le parecían─. Pero también soy oscuro. Amor y odio a la vez, un equilibrio ─y seguía mirándola.

Es así como comenzó la enredadera de lo que venía, era un experto con las palabras. La muerte era una respuesta inmediata, una diosa que vivía al mismo tiempo.

─¿Cuáles son las condiciones de un asesino? ─decidió enfrentarlo con una sonrisa.

─Ser estético, tener una carga emotiva y una carga salvadora. Proporcionar veneno a las mujeres y tener el placer de ver cómo se destruyen ─lo emocionó que lo mirara y enfrentara el pacto que habían acordado.

Saber que su especialidad de matar mujeres la conmovió, lo relacionó con el asesinato que había escrito en su historia. Un placer estético, así como la tauromaquia; después de matarlas las ofrendaba al cielo.

─¿Alguna víctima difícil? ─dejó de mirarlo de nuevo, adivinando su respuesta.

─Sí, una que me llama su personaje y ahora me hace preguntas.

─¿Y hombres? ─la pregunta de huída inmediata.

─Algunos son intocables, porque tienen alma de niño; pero a los otros los mataría al estilo gitano, con la navaja afilada o con mis palabras.

Al saber que era una víctima difícil, era más fácil hablar implacablemente del placer y del dolor. Hablaron de los códigos secretos que tienen los asesinos, esos códigos como el de no tocar las cosas que les interesa, incentivan e interrogan. Un pacto de vampiros, pensaba admirándolo cada vez más. Y quizás la sangre podría ser lo que absorbía de las mujeres para asesinarlas; pero no, su veneno habría sido la saliva, entonces entendió cómo debía ser la muerte perfecta, una saliva amarga que parte del dolor, y una saliva dulce que parte de la belleza. ¿Qué podría hacerle con una saliva insípida?

Sentía que le hacía el amor a su cerebro, nunca sintió sus manos, ni siquiera tuvo la intención de rozarle el cuerpo. Pero la fascinación por las palabras y a veces el silencio la jalaba a un abismo.

─¿Y cómo es la muerte? ─pudo sonreírle.

─La muerte es la mujer estéticamente mejor construida.

─Pero, físicamente, ¿cómo es? ─le preguntó.

─¿Nunca te viste al espejo? ─la empezaba a tantear con su cuchillo imaginario.

Se calló por un instante, quería correr y botar el cuaderno donde había anotado esta conversación; pero sentía al mismo tiempo que era el halago más excitante que le habían hecho, se sentía una fina tentación.

─Soñé que me perseguías ─le dijo, tratando de hablar sobre lo que había pasado el otro día. ─Y que en realidad, me querías asesinar ─continuaba ya sin miedo, sonriendo, casi retándolo.

─¿En serio?, creo que yo también lo soñé ─su frialdad se convirtió en ternura.

─ Sabes ─continuó él. Lo que más me molesta de ti, es tu sonrisa.

Dejó de retarlo al instante, porque si seguía mirándolo así, podía suceder una desgracia. Era una defensa casi inmediata.

─Porque tu sonrisa es más libre que yo ─dijo seriamente y dejó de mirarla.

No supo qué decir. Había atardecido y debía retirarse, ya no tenía más preguntas que hacer.

─¿Puedes mirarme y darme un beso? ─le dijo casi implorando pese a la frialdad de sus palabras.

En ese instante se acordó de su saliva, amarga o dulce; pero certera. Imaginó clavarle en el pecho con un lápiz muy afilado; pero después de unos minutos, se levantó, guardó sus cosas, lo miró como la primera posibilidad de escape; pero le extendió la mano.

─Tengo clases, estoy atrasada ─lo contempló con pena y ganas de huir.

─¿María? ─ le decía buscándola en su mirada.

─Salvador, María ya no está, creo que se fue ─le decía temblando de miedo.

─ ¿María? ─ le repetía, insistiendo por un encuentro.

Ella cerró los ojos y se fue, dejando como un pacto la intención de un destino que los vuelva a unir. Sentía que había traicionado cualquier posibilidad de hacer realidad un cuento fantástico. Al fin de cuentas, ella pensaba que era tremendo estar viva, porque desde ese día le perseguía la imagen de aquel encuentro.

Era insoportable haberlo perdido de esa manera. Sentía que el Salvador que había conocido y creado se desvanecía en sus cuentos, incluso en sus poemas. Pero un día, después de mucho tiempo, lo volvió a ver en la calle y le invitó a tomar un vino. Preguntó por el veneno en la saliva y al saber que todavía el asesino estaba con ella, decidió darle el beso que le había pedido hace varios años, porque su sonrisa había dejado de ser libre.

Seudónimo: IRIBARNE DE CASTEL.

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