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Para Francisco José Suárez (o Torombo), Bolivia es el país de la papa, nuestros cerros, nuestros apus y la tierra de donde sacan semejante tubérculo.

El Torombo es un hombre grande, 45 años, cabello largo y ondulado, toma mucha agua, en su brazo una flecha tatuada se extiende cada vez que lo levanta, sus pies son hermosos y es uno de los grandes maestros del compás flamenco, por ende, es un centauro
completo.

Varios tarsos, metatarsos y falanges nos dimos cita con sus pies y sus ojos. Sabíamos que nos iba a interpelar hasta el tuétano, porque simplemente escarbó hasta el jondo. Lo primero que nos mostró fueron sus pies descalzos y al final sus zapatos bien colgados en
el hombro, ya dispuestos para el baile.

Llegó a Bolivia de la mano de Yadir Vásquez, bailarín cubano y director de la compañía de baile A Compás. Lo primero que hizo fue congregar a fanáticos del flamenco, a escuchar una charla magistral de tres horas organizada en el Centro de España. Y allí, delante de
los diplomáticos de la embajada española, señaló con orgullo que su pueblo era la falta ortográfica de un país, pero que con esa falta habían enamorado al mundo y es por eso que ahora son patrimonio inmaterial de la humanidad.

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Patrimonio porque el flamenco es una forma de vida, porque su música es una forma de entender la vida, su pueblo, el gitano. Con el flamenco… el Torombo se peina y se despeina, y baila entre la locura y la cordura, la calma y la tormenta, con lo dulce como remate
después del arrebato. Y así, una y otra vez lo recalcó: “eso no lo hace la tecnología, eso noj han enseñado nuejtro abuelo”.

Durante sus primeros años, muchos sólo miraban sus pies porque estaban chuecos, porque estaban malitos como los de Forrest Gump; sin embargo con el tiempo y este arte, se supo corregir. Es por eso que a Torombito le interesa mirar a los ojos, y no las minusvalías
de la gente. Mirar a los ojos de los artistas, de los niños, de los bailaores y cantaores, estableciendo un cordón umbilical entre seres humanos, entre su familia flamenca no sólo de España sino también toda aquella que ha hecho de este arte su forma de vida en el
mundo, en Asia , en América, en los Andes, en La Paz.

A él ya no le interesa brillar, ya ha visto de todo, a él le interesa difundir este sentir en otros lugares donde la semilla está plantada, donde corazones inquietos se han enamorado profundamente de las palmas, el taconeo y sus remates. Aprovechando, por tal razón,su gira sudamericana “Despacito y a Compás” es que se tomó el tiempo de venir. Quiso bailar en la altura, enseñar y demostrar que todo se trata de entrañar el ritmo y es así cómo la gente cambió…bailando, tocando y escuchándolo atentamente.

Ya en sus clases, muchas mujeres y algunos hombres fuimos testigos de su sabiduría, le sujetamos la mano, giramos descalzas haciendo un círculo bailando diferentes ritmos, sentimos nuestros corazones con su estetoscopio, sí, él lleva muchos juguetes para hacer de su clase momentos lúdicos. Muy detallista en sus explicaciones, paso a paso, despacito y a compás, jamás desorejado, directo y sin anestesia al momento de corregir errores.

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Y es así que fue parte de la familia boliviana, porque no sólo se dio tiempo de dar clases a bailarines apasionados por este arte, sino que también dio charlas en el Centro de Orientación Femenina en La Paz. Y para rematar en fiesta, compartió con la comunidad
flamenca en un apthapi organizado en la casa de Mónica Medina, quien lleva en ella a una gitana desde muy joven. Allí, Mónica, la comadre, le dio serenata con sicureada y todos alrededor bailamos al ritmo de los Andes, pero con movimientos flamencos. Así sentimos
la unión de nuestros pueblos, los gitanos, los flamencos y los andinos, y pudimos entender por supuesto que la tierra ya estaba preparada y que con su visita podíamos comenzar a
tener nuevos sueños.

Torombito se fue al continente asiático, de ahí directo para su casa. Allí seguirá dandoclases, y nosotros posiblemente lo seguiremos viendo en Youtube. Pero eso sí, los que bailamos
a su lado, los que le sujetamos de la mano, ganamos un maestro directo, de esos que te miran a la cara y te cuentan sus secretos, esos secretos que sólo te regalan los abuelos.

Artículo publicado en el número 8 de EL DESACUERDO

https://ia801006.us.archive.org/22/items/Desacuerdo8Low1/Desacuerdo%208_low%20%281%29.pdf

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