“El OTRO es un perfecto ignorante, pero de ningún modo estúpido”
Jesús Urzagasti

valdivia

Mis ojos y mis oídos se han estado impregnando del Chaco boliviano. De pronto, algunos de nuestros beneméritos aparecen en la televisión, haciéndonos recuerdo que gracias a su lucha tenemos gas, por otro lado un grupo de jóvenes intelectuales reeditan y rescatan la novela Chaco de Luis Toro, más allá se hacen homenajes póstumos al escritor Jesús Urzagasti, el chaqueño que se nos murió este año. Y para variar, Juan Carlos Valdivia nos presenta su película Yvy Maraey una exploración al mundo guaraní en territorio chaqueño. ¿Qué tiene el Chaco, ese espacio árido y maravilloso que, de cuando en cuando, nos enfrenta de alguna u otra manera a los bolivianos?

No conozco el Chaco, pero Valdivia me obligó a viajar con él a través del celuloide, y me hizo pensar, sin querer y con nostalgia, en Urzagasti, porque si vas al Chaco hay que viajar pues, tienes que ser un caminante, un errante, un “nómada” en busca de algo, el viajero de un país. Y ese viaje se dirige siempre al Chaco, en forma de soldados cambas y collas sedientos buscando agua en un pozo inventado, en forma de todos los árboles de la tribu, en forma de un jailón conversando con un guaraní, bolivianos encontrados, desencontrados, el otro y el otro, él y yo, cineasta y cinéfila, todos… mezcladitos en esa tierra.

Ya estaba alertada de que Yvy Maraey iba a rendir tributo a la palabra, pero no sabía que también iba a rendir tributo a la poesía, esa mirada extraviada en voz guaraní, en los ladridos de perro y en el chirrido de violines. Me emocioné, porque mediante el cine me encontraba con otro pensamiento y me gustaba, con otro que yo se que está más allá, con ese otro que sabe que yo también existo. Era de suponer, que la otredad iba a ser el tema para la crítica, para un análisis del otro, de la jailonés encontrada con lo indígena, de Valdivia y su manera de hacer cine; pero yo me quedo con la palabra y la tierra como un lugar de encuentro con nosotros mismos para recién encontrarnos con cualquier otro.

Entrar en la casa de un guaraní debe ser especial, entrar en la casa de Valdivia debe ser especial también, descansar y saber que hay una obra que te acoge en sus butacas nos pone a conversar. Elio Ortíz y Felipe Román, guaraníes que trabajaron el argumento junto a Valdivia y actuaron en la película, llegaron desde Camiri para el estreno. Los vi y al estilo Valdivia, me acerqué para conversar con ellos, para seguir practicando la famosa interculturalidad, así de orureña a guaraní, y comprender esa filosofía hermosa plasmada en el cine. Seguramente se rieron por mi manera de pronunciar el nombre de la película; pero sentí su respeto inmediato por mi “no saber mucho”, y así a ojo cerrado entregué el oído y mi grabadora a sus voces. Muchas cosas salieron, entre esas, ese deseo de que no sólo unos cuantos, como Valdivia, se inquieten por conocer al otro, de que en los colegios urbanos también se enseñe bien las lenguas nativas, de que sus templos están en cada paso que dan, entre desconocidos y de que por ser “otra”, pueden disculpar mi ignorancia con respecto a su cultura. Ellos, Elio y Felipe, están conscientes de utilizar la película para su beneficio y de que Valdivia también los use, porque de eso se trata, de utilizarse mutuamente, ver en el otro lo que puede servir… para crecer. Y creo que Valdivia creció, mucho, no sólo en su cine, sino de alma, porque encontrarse con Elio y Felipe seguramente le dejó un aire de humildad, un aire distinto de crear en comunidad, de apropiarse de una poesía para mostrarla desde su ojo. Creo que los guaraníes han crecido, de la misma manera, en pantalla gigante, en esa manera moderna de mostrarse, de tener la posibilidad de enfrentarse con el karay, de decirnos karay, otro, vos no ves como yo veo. Y obviamente crecí yo, la tercera persona metiche en este diálogo, porque de pronto en mi delante se regalan cosas, se recriminan cosas, se devuelven cosas, y así entre cosa y cosa yo asumo el rol de tejedora y viajera de sus silencios, para entrelazar el sentimiento de uno y del otro, mirando al cineasta de la zona sur y al actor de Camiri y sin saber a quién apostarle.

Quedará escoger a las estrellas porque esas no tienen miramientos al momento de alumbrar y quedará también una lección maravillosa cuando te entiendes con un lejano a vos: “Cuando alguien de afuera viene a tu casa, tienes que regalarle lo mejor que tengas, y cuando esa persona te reciba en su casa, debe regalarte igual, lo mejor que tenga, es como un símbolo de pacto, un pacto de amistad y para eso hay que convivir, la verdadera interculturalidad es viviéndola, sintiéndola, palpándola” afirma Elio, al momento de explicar el encuentro entre desconocidos. Es ahí donde el círculo entre un Chaco y otro Chaco se cierra. Me atormento, desde entonces, con los beneméritos del Chaco quienes nos han dado lo mejor de sí, cuántas novelas del Chaco se han escrito y se siguen escribiendo, cuánto nos dejó Urzagasti, qué película nos están entregando el Elio, el Felipe y el Juan Carlos. ¿Y qué estoy haciendo yo como la otra? ¿Estaré valorando por lo menos lo entregado? ¿Estaré devorando, comiendo, vomitando esas novelas? ¿Qué es lo mejor de mí para que yo pueda entregarle a todo este Chaco que me está gritando a diario un sin fin de cosas desde su aridez?

Tal vez me venga una nostalgia por la propia humanidad, esa que se peina el cabello largo en el rio, esa que de generación en generación canta para sanar y habla para ser. Todo eso lo han hecho mis abuelos y de alguna manera lo hago también yo, es así que no me siento tan ajena y no me sorprende un mundo tan lejano; pero sí me emociona porque mi alma recuerda ese propio Chaco, mi Chaco, mi desierto. Ese lugar silencioso, esa tierra donde moribunda suelo alucinar, esa memoria del agua, esa manera de zambullirme en la nada, esos road movies personales que todos hemos tenido en la vida y donde hemos aprendido con sangre a respetar el sendero… donde el universo se vuelca para hablarnos en otro idioma.

Hay que viajar, entonces, hay que viajarnos, hay que hacer el esfuerzo de recorrernos de una manera fascinante y regalarnos entre nosotros, para transitarnos honestamente y ser un nómada más, para dar y para recibir, es la única manera de crecer, tocando el fondo de los ríos y así pararnos y darnos cuenta con quién nos estamos mirando. Vamos al cine a ver la película de Valdivia, leamos todas las novelas del Chaco, aprendamos a bailar la chacarera, aprendamos guaraní aunque sea por snobs, leamos y releamos a ese guardián de las palabras (Jesús Urzagasti), lloremos un bolero de caballería, seamos Rositas Pochi por un instante, viajemos al Chaco cual soldados modernos, en jeep o a pie. Así… después de muchos años, como nuestros abuelos, todos podremos ser beneméritos de nuestro propio Chaco y guardianes de nuestras propias lenguas, para qué…para sanarnos de nuestras propias guerras.

Artículo escrito en EL DESACUERDO No. 12

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