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“Los mineros están que ya no pueden de zapatear una cueca proletaria”

Oscar García

 

A eso de las doce de la noche, el Dj de la Gota de Agua se mandó una cueca diciendo: “Y esto va por nuestro Jechu, por nuestro Jesús Durán”. Corrí para pedirle la otra cueca preciada y la puso después diciendo: “Y aquí sigue nuestro homenaje para el Jechu con esa letra sacada del libro de don Jaime”. Y así fue cómo comencé a llorar su muerte, bailando cueca, agitando mi pañuelo de klinex, zapateando sobre la cerveza, cambiando la letra y cantando: si te encuentras con el Jechu…

Cuando la ciudad de la furia cayó en su triste velorio, aquí en La Paz ya habíamos llorado a nuestro propio muerto unos días antes. Se trataba del Jesús Durán, uno de los compositores de música popular más importantes de los años 80 y quien seguramente desde ahora es uno de nuestros principales guardianes en la cordillera. -Dicen que fue infarto- susurran en los velorios. Tuvo dos velorios el Jesús, el típico de la funeraria y el homenaje que se organizó ese lunes en el Ministerio de Culturas. Llenito estaba, el segundo velorio, lleno de flores, claveles rojos, muchos amigos. Allí ya en el escenario se sentó, abrazando su guitarra el Gabo Guzmán. Obvio, cómo no iban a estar los Sobrevigencia en ese homenaje. Y así…el David Gamón comenzó a cantar “No me olvides”…esa canción dulce que Jesús Durán había compuesto hace muchos años, cuando aún tenía voz.

Ahí estaban el Ariel, el Edgar, el Dani, el Sergio, la Vero, el Quique, amigos con los que siempre hemos cantado sus canciones en las guitarreadas. Cómo no ir. Habíamos asistido para despedirnos, esta vez, para cantar delante de su cuerpo. A sacar fotos, a registrar el momento, a recordar a nuestro muerto. Y los demás a escuchar la voz desgarrada de los chicos que cantaron. Ahí, el pasado se volvió presente porque de pronto invitaron a los músicos y compañeros del taller Arawi. ¡Ahí está! Nos llevaron a esa nostalgia que no podemos tener porque nosotros éramos muy chitis cuando ellos ya estaban cantando “Explicación de mi país”. Y comenzaron a cantar los amigos, esos cincuentones que alguna vez al agarrar una guitarra, tocan canciones que nos narran un continente fuerte. El dolor era evidente, cuando tocaba tocar las palmas, eran palmas de alegría pero también de resignación y orgullo. Segundo grupo, Los Igualitarios, conocidos como la segunda generación del Taller Arawi. Y cantaron los temas más representativos del “Explicación de mi país”. Cantamos con ellos “Dejumbate”, “Siglo XX”, “Jallalla”. Fue el último grupo con el que el Jesús produjo su segunda versión de “Explicación de mi país” a cargo del Fredy Mendizabal. Todos, muy sencillos y muy agradecidos con el artista, todos jóvenes, una generación diferente, una generación que aun debe seguir descubriendo secretos en su música. De pronto, una chica hermosa se paró y empezó a invitar un poquito de singani. –Es su hija­- dicen. Tiene la misma sonrisa, qué chica más simple y más tranquila. –Un poquito de coca sería bueno ¿no?- dicen otro rato.

Imposible escapar a los comentarios de velorio; pero a la vez sorprendente la paz de la hija quien no estaba de negro, sino de rojo. -Vámonos ¿no?- dijimos cuando todo parecía que llegaba el final. Ya nos estábamos yendo, cuando nos dicen del otro lado –La Jenny ha llegado-. Uhhhh no, nos quedamos. Y así, la Jenny Cárdenas agarró la guitarra y con una sonrisa nos cantó “Oscar Alfaro” y siguió y cantó y se desgarró la voz con “Jallalla” y nos desgarró el alma porque compartió historias de amigos, era como si la hermana mayor de la familia nos contara qué se cantaba esas veces, dónde se reunían, hasta qué hora bebían, cómo se retaban y componían esa cueca que aparece en Felipe Delgado. -Nunca le escuché la voz- le dije a un cuate. –Yo tampoco- me dice él. Claro, Jesús había perdido la voz hace quince años después de una embolia. Y sólo había dejado canciones, y así como dijo la Jenny, había tenido la valentía de seguir y estar a nuestro lado hasta ahora, con su libreta y sus palabras y sus dibujos para poder entendernos con él. Cortaron la luz del escenario, empezaron a guardar los micrófonos y los cables; pero todos se acercaron más al cuerpo de Jesús a pedido de su hija. Y se armó una guitarreada más íntima, ahí, entre los dos Talleres Arawi, la Jenny, los amigos de la trova, y bailaron una cueca y sonrieron, y lloraron y recordaron las canciones que a él le gustaba. Era como estar en los ochenta, era como si estuviésemos encerrados esperando el amanecer. Generalmente podemos comentar espectáculos y conciertos. Hoy nos tocó describir un velorio, pero así hay que despedir a un artista, cantando y bailando, cantando sus canciones, recordando esas conversaciones importantes, haciendo promesas para seguir con el sendero. Total, el Jesús ya es nuestro renacido. Sus cenizas yacen, sí, en las montañas y su voz sigue en nuestros casettitos, en nuestros cds y nuestras memorias. Jallalla por lo que nos explicó y por aquellos que sí lo entendieron.

Claudia Daza De niña y adolescente, charanguista

Publicado en El Desacuerdo

 

 

Foto y video: Edgar Rodríguez

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