Category: Cuentos


EL SUELO Y LAS ALTURAS

EL SUELO Y LAS ALTURAS

Claudia Daza

En realidad nunca supe con qué zapatos fue mi madre al hospital para parirme, pero sí conozco los zapatos con los que se casó. Alguna vez me los medí, son altotes, con terraplén, taco y punta cuadrada, plateados y calados.

Mis contactos con los zapatos de a diario, de fiesta y de trabajo dejan huella en este camino. Por ejemplo, aún guardo los zapatos ortopédicos que un doctor me recetó para mejorar mi pie izquierdo algo tendencioso, que solía dirigirse habitualmente a la derecha. Cuando las manías aparecen, es muy difícil borrarlas del camino, así me pasó con este pie, que ahora suele gastar más algún lado del zapato. Los zapateros me miran disgustados cada vez que les llevo el zapato izquierdo para que le aumenten algo de suelita.

Sin embargo, a pesar de las recomendaciones del ortopedista, me dediqué completamente al básquet; tanto así que acabé torciéndome el pie izquierdo el cuál resultó ser sanado con el golpe.

Y así, en este camino de zapatos, conocí muchos zapatos en movimiento, en los minibuses, los que apestan, en las fiestas los altos y bonitos, los zapatos apuestos y los intelectuales, los boblegumers que siempre quise de niña, los azaleia, las chanclas de hippie que me encantan, los mocasines, y las botas, las texanas y las industriales…Ni qué decir sobre los zapatos eventuales, es decir de esos que sólo sirven para algunos eventos como los de bautizo, los blancos de primera comunión, los de la graduación, los de la actuación de teatro, los de la primera clase de ballet, los de los quince, esos que duelen tanto después de bailar hasta las tres de la mañana.

Pero todo cambió, hasta mi pie izquierdo, cuando un día mis pies me llevaron a tomar clases de baile. El sentido de los zapatos cambió de rumbo, ya no eran unos terapeutas que sólo iban a cambiar el pensamiento de mis pies, sino también el sentimiento y el ritmo de mi vida. Mis zapatos de taco alto, permanecen en mis pies cada vez que quiero dar una vuelta, saltan, y taconean haciendo música con cada centímetro de suela. Así conocí zapatos maestros, de aquellos que habían vivido años perfeccionando la técnica y la forma de contactarse artísticamente con el suelo, vivía pisándome, equivocándome, resbalándome; pero con el tiempo empecé a sentir una pasión infinita por los zapatos y los sonidos que pueden salir de estos cuando se los escucha murmurar. Aún guardo y uso los zapatos que me compré hace trece años, están viejitos, los pinté para disimular su edad, a veces hago revisar las hebillas, incluso ya han tomado una forma extraña; pero suenan mejor que nunca, es mi instrumento musical favorito. Diría que se trata de un amuleto especial a la hora de dar un giro al ritmo de cualquier melodía.

Ahora, sin embargo, tras haber recorrido el sentido de un camino más lúcido y de haber taconeado en cada esquina de mi casa y de otras casas, me complace caminar en los pisos, y en las calles y sobre las piedras, con las suelas de mis pies, las cuales han tomado una forma muy sólida a la hora de encontrarse con las asperezas de la tierra. Porque después de haber vivido en el sube y baja del caminar, quiero aprender a vivir sintiendo este planeta. Cada mañana juego con mis pies descalzos, queriendo alcanzar el punto máximo en una patada, en una parada de manos, en una voltereta,  hasta quizás en una payasada, pero muy tranquila. En realidad nunca supe con qué zapatos mi madre fue a parirme, pero cada vez que encuentro una foto antigua de ella, me imagino que ella lucía esos zapatos cuando mi padre se enamoró de ella.

Anuncios

EL SAPO ESCONDIDO

Claudia Daza Durán

Siempre le teníamos miedo al sapo, ese sapo que todos los días la tía Gaby nos contaba que aparecía en el invierno y sobre todo en la noche de San Juan. Habíamos llegado al pueblito un día antes, nos compramos hartas chispitas, mis papás llevaron las maderas y cosas viejas para quemar, también llevaron corazón de vaca para los anticuchos, y el ponche. La María y la Kasandra estaban felices porque por fin podíamos descansar de tantas tareas en la escuela, estábamos de vacaciones y nadie nos podía robar el sueño de corretear y conocer por fin al misterio del pueblo, el sapo con su barriga llena de trapo.

-No se van a alejar mucho- gritaba mi papá, cuando yo y las chicas ya estábamos en la punta del cerro levantando el volantín que aprendimos a hacer con nylon, luego nos pusimos a buscar lagartos para aplastarlos terroríficamente, y también hicimos un minicertámen de bicicross en la montañitas y sobre los sembradíos, situación que tuvimos que escarmentar en la tarde porque algunos campesinos se habían quejado. Habíamos hecho de todo, estábamos cansadas; pero nos faltaba investigar y esperar la noche de las fogatas para buscar al sapo y saber qué cosa siempre era, que mi tía nos hacía asustar todas las noches.

Pero el día indicado fue todo un desastre, cuando nos levantamos, vimos por la ventana que había nevado toda la noche, todo el pueblito estaba blanco. – Bravo- decíamos desalentadas. – Chau fogata, chispitas, chau sapo- decíamos mirando la nieve que no dejaba de caer. El invierno en estas zonas es grave, la nieve es como la navidad de las fotos con el Papanoel, pero ¿qué raro que eso sacan en época donde aquí nos estamos asando y paspando las caras? Mi mamá nos dijo que eso pasaba en el norte, pero bueno, no importaba porque aquí también habían sabido hacer muñecos de nieve, como en las películas. Eso nos hizo olvidar de todo el despliegue que habían hecho en mi casa para las fogatas. Salimos a jugar con la nieve y a sacar fotos, formábamos bolas y bolas para estrellarlas unas contra otras, a ver quién lanzaba más fuerte y hacía llorar de canto, algunos campesinos hacían sus muñequitos de nieve, algunos estaban bonitos, otros eran muy enanos, pero uno de esos ratos, nos dimos cuenta que al centro de la placita estaba un muñeco gigantesco. – guaaauuuuuu- decíamos chapaleando en el suelo y con los lentes oscuros que nos habían obligado a ponernos nuestros padres. – Es un muñeco grandote- saltaba Kasandra, porque era la más enana y quería ver mejor el muñeco.

-¿vamos a ver de cerca?- preguntó María, cuando yo y la Kasandra ya estábamos en la plaza, vislumbrando la grandeza del muñeco. Llegó casi enojada porque habíamos corrido como locas para acercarnos al lugar, sin importarnos que ella era medio lenta. Ahí la conocimos a la Luzmila que se estaba jugando con el muñeco, le pusimos una nariz de la zanahoria más grande que encontramos en su cocina, jugando, jugando se prestó el sombrero de su mamá, y los ojos eran las tapitas de las botellas de refresco, nos faltaba la chalina, y qué chalina ni qué chalina, le conseguimos algo más caliente, le pusimos el aguayo de su mamá. Y así pasamos el día, contemplando y aumentándole más nieve y más nieve a semejante muñeco, que llegaba ya a una especie de muñeco obeso, tenía la barriga redondota y gigante, tanto así que se nos ocurrió hacerle enflaquecer porque nos daba pena, así que empezamos también a lanzarle bolas y bolas de nieve; pero nada, el muñeco no se caía, a lo menos su barriga.

–        Uá, ¿por qué no se derriba este muñeco?- decíamos asombradas y cansadas de quererlo derrocar. – Así siempre es en invierno, este muñeco- nos contestaba la Luzmila. Después llegó su mamá y casi le huasquea por encontrar su sombrero nuevo y su aguayo en el muñeco. Nos escurrimos con pena, pero le prometimos que volveríamos al día siguiente.

Un poco tristes por la Luzmila, comenzamos la odisea de buscar al sapo, nos fuimos a los charcos, y nada, puro jocollos, los cuales se movían rapidito en el agua. –Pobres inmaduros- les decíamos jugando, -¿Dónde está el jefe?- les seguíamos molestando con palitos. Bajo las piedras, en los arbustos, en los riachuelos que dejaba la nieve hemos buscado y nada. Llegó la noche, y a pesar de la nieve, los campesinos comenzaron a hacer sus fogatitas, nuestra familia, se emocionó e hicimos lo mismo, vimos cómo todo el altiplano se iluminada como con luciérnagas, no habían petardos ni nada de esas cosas, creo que fue una de las noches más pacíficas que viví. Nos cansamos de buscar sapos, así que nos dedicamos a jugar con nuestras chispitas toda la noche, calentamos nuestras manos y nos atrevimos a saltar por la fogata. Cuando nos fuimos a dormir, vimos por la ventana que una gran fogata se había armado en la plaza donde se encontraba el gran muñeco de nieve, nos levantamos de canto y queríamos ir a ver de cerca; pero mi tía Gaby nos lo prohibió. -Están derritiendo nuestro muñeco- lloraba Kasandra muy triste. – No creo que se derrita- la consolábamos. – Si ni siquiera quería derribarse, tranquila, vas a ver mañana que va a seguir ahí ¿ya?- así pudimos dormir a la enana; pero no pude dormir charlando con la María sobre nuestro muñeco y su posible derretida con semejante fogata. – Seguro que ha sido la mamá de la Luzmila- decíamos con rabia.

Al día siguiente, cuando nos volvíamos a la ciudad, decidimos ir donde la Luzmila y el muñeco; pero cuando llegamos a la plaza, no había ninguna plaza, ni casa de Luzmila, ni nada, sólo una gran bola con algo de nieve alrededor, nos acercamos y vimos que el muñeco se había estado derritiendo; pero dentro había una gran piedra. En eso apareció la tía Gaby, que corriendo nos empezó a reñir de la nada. No sabíamos lo que pasaba, porque estando lejos no le entendíamos ni jota. Cuando se nos ocurrió despejar un poco más lo que habíamos encontrado, nos íbamos dando cuenta que la piedra grandota tenía forma de, forma de…

-Ahhhhhhhh- comenzó a gritar la Kasandra, corriendo al encuentro de mi tía.

– ¡Es el sapo!- la seguimos nosotras, corriendo aterradas por la grandeza de semejante animal, de pronto pensaba que nos seguía dando saltos y saltos. –Croac, croac- me imaginaba en mi cabeza. – Vente, vente- mi tía comenzó a llamar nuestros ánimos, mientras nosotras queríamos seguir corriendo. No dimos vuelta ni para mirar el paisaje por última vez, llegamos a la ciudad y vimos las fotos que nos habíamos sacado con el muñeco y la Luzmila, todo era tan bonito. Reflexionamos que sólo se trataba de una piedra con forma de sapo y que eran cuentos locos de mi tía, así que ya no nos afectó. Cuando nos obligaron a vacacionar de nuevo por ese lugar, y estábamos decididas a enfrentarnos a la piedra, todo estaba diferente, no encontramos nada, ni la piedra, ni la nieve, sólo piedritas chiquititas, en forma de jocollos.

Por los recuerdos del Carlitos

No hay nada parecido a la experiencia de dormir en el Illimani y más aún cuando sabes que hay tanto cadáver fresco alrededor. Había llovido toda la noche, el avión se había estrellado aproximadamente a las ocho, cosa que al amanecer ya todos sabíamos del accidente.

Nos llevó subir como dos días al lugar donde se había estrellado el avión, nos explicaron después que había sido como un vuelco de campana con dos explosiones que lograron destrozar todo lo que había dentro. Esas veces no teníamos radar en el país, entonces fue por un error de milímetros que el piloto no logró informar y chocó en la punta trasera de la montaña. Éramos dos grupos, de los que siempre hacíamos rescate  y de la gente que quería subir, de la misma embajada americana, de los aficionados y otros jóvenes alpinistas.

En mitad de la subida me encontré con un gringo tirado en la nieve, creí que era mal de altura, no sé, pensé que subía para buscar los restos de algún familiar, hablaba incoherencias y temblaba, no logré entenderle pero decidí bajarlo para que reciba ayuda. Cuando llegué a las faldas del Illimani, sus guardaespaldas corrieron en su socorro, había sido el famoso alpinista Charly Becker que había subido a la montaña unos dos días antes del accidente. Le había dado un edema pulmonar. Lo dejé y decidí continuar la ascensión. Horas después, ya casi en la noche logré encontrarme con mis compañeros.

Cada vez que nos acercábamos olíamos a gasolina y a muerto, una mezcla rara entre quemado y podrido. Llegamos al avión nadando, el agua nos cubría casi hasta el cuello porque la nieve se confundía con trozos de hielo, algunos pensaban que iba a caer alguna avalancha pero yo vi que el terreno estaba todavía firme. Debíamos llevar evidencias para confirmar que se trataba del avión desaparecido, lo primero que vimos fue la turbina, después, encontramos harta plata y cueros de iguana. Pensábamos encontrar pies o brazos; pero sólo encontramos pedazos de carne esparcida y casi cubierta. Alcé una cabellera y me encontré con una máscara, como las caretas del carnaval; era sólo el rostro de una mujer que parecía de goma.

Llevé una filmadora para que vean luego cómo estaban las cosas. Lo más grande era la turbina y la cola, buscamos las maletas, tarjetas de crédito y todo aquello que confirme que se trataba de lo que se estaba buscando. Habiendo trabajado todo el día, armamos una carpa y nos dormimos casi cerca.

Esa noche no logramos dormir ya que a eso de las once, mientras preparábamos una sopa, sentimos que se acercaban otros rescatistas. Le dije a uno de los ayudantes que vaya a recibir a la nueva gente, éste salió con una linterna; pero llegó tembloroso señalando que no había nadie, que incluso se había acercado a los restos del avión. Era extraño porque nosotros sentíamos los pasos pesados sobre la nieve, era muy claro el sonido. Nos quedamos incluso varios minutos en silencio, y cuando decidíamos hablar,  la caminata se repetía una y otra vez.

Yo había experimentado esto antes; uno siempre se encuentra con calaveras o cuerpos congelados en la montaña. Esta presencia era diferente a la de otros rescates, mirábamos la nieve, nos protegíamos con ella, pero de trecho en trecho encontrábamos un resto de carne, incluso dentro de la misma carpa. Sin embargo, sospechamos que ese sonido venía de un experto alpinista, no era un alma viajera inexperta en las montañas. Este era un hombre que sabía de las alturas.

Le teníamos más miedo al sonido que a los restos de carne que flotaba fuera de nuestra carpa. Le teníamos miedo al silbido del viento mezclado con la lluvia suave que caía sobre la montaña. Si se trataba del alma de un indio, clarito se sentía el olor de su boca, cerca del rostro, y si era una mujer se sentía la brisa de su paso. Los viajeros del avión aún no eran almas en pena, sus rostros lo expresaban todo, no necesitaban energía que los represente. El visitante era de los nuestros, de los que amamos la nieve, que sentimos pasión por las subidas eternas.

Encendí rápidamente la cámara, no tenía miedo, quería registrarlo todo para mostrarlo después como la experiencia más fascinante de mi vida. La oscuridad dominaba el entorno. Abrí la carpa y sacamos linternas para saber quién era el que merodeaba durante más de una hora. Lo primero que alumbramos fue un asiento chamuscado, después otro cuero de iguana y al final el rostro fijo de un hombre desesperado, sentado encima de un motor. Estaba casi desnudo y temblaba de frío. No sabía si seguir filmando, porque choqué bruscamente con su mirada. Lo contemplamos por un rato y nos entró la duda de saber quién era realmente.

─¿Dónde está el gringo que tenía que venir a recogerme?─ nos dijo. ─¿Dónde está?─ y se fue acercando de rodillas. Dimos dos pasos hacia atrás mientras el hombre no dejaba de mirarnos miserablemente.

─¿Quién eres?─ le dije sin fijarme que la cinta de la cámara se había terminado.

─¿Dónde está ese gringo?, lo voy a matar, le voy a cortar los pies, le voy a cortar los pies, por su culpa yo perdí los míos ─decía más desesperado, como buscando entre nosotros al hombre que nombraba.

─Aquí nadie es gringo, todos somos morenos, a ver fíjate─ nos alumbramos los rostros como una única forma de salvarnos. Todos estábamos pálidos de miedo. Apenas se sostuvo, se sujetó de nuestra carpa y me quitó la cámara. Sólo me mantuve en pie, tratando de registrarlo aunque sea con mis ojos para contar la historia. Me miró fijamente, era otro gringo, era un alpinista, estaba perdido, me miró por un instante, exhaló y sentí un fuerte aliento a gasolina.

─¿Tú lo viste, verdad? ─me dijo aún enojado. ─Tú lo viste bajar por la montaña, tú lo viste abandonarme, hijo de puta ─me empujó y cayó desarmado.

En ese instante, uno de mis compañeros lo empujó, sin considerar su estado, a uno de los charcos de gasolina y lanzó un fósforo encendido. No podíamos escapar, el cuerpo del hombre empezó a quemarse mientras gritaba revolcándose sobre la nieve y boyando en el pequeño charco. De pronto nos empezó a lanzar todo lo que encontraba, veíamos y sentíamos llegar trozos de cuerpos sobre la carpa que cerramos rápidamente con candado. Yo sentía el cuerpo de mi compañero y creo que hasta se había meado del miedo; pero el orín era nada comparado al olor que sentimos durante esas horas. Toda esa noche, el hombre envuelto en llamas se revolcaba y corría alrededor de nuestra carpa; pero en ningún momento intentó entrar y quemarnos. Lo único que recuerdo es ese su reclamo por el gringo que lo había abandonado.

Cuando amaneció salimos y no encontramos a ningún gringo chamuscado. Decidimos bajar de la montaña. Después me dijeron que Charly Becker me esperaba en un hospital ya que quería agradecerme por haberle salvado la vida.

Fui al lugar señalado y éste me agradeció por haberlo salvado de la hipotermia y el edema que lo había congelado en la montaña. Le pregunté si había ido a rescatar gente o buscar cosas perdidas del avión y me dijo que no, que sencillamente trabajaba de guía para otro gringo. Pero lo había abandonado para buscar ayuda, al momento de sentir la explosión en la montaña.

─Ya no quise volver ─me dijo, arrepentido─. El ya era hombre muerto porque se lastimó uno de sus pies y en ese estado no hubiera podido salir de ahí.

Preferí no contarle nada; sin embargo me sorprendí cuando vi su cuerpo, porque al momento de llegar al hospital los médicos habían decidido amputarle los pies.

CDD

publicado en la revista boliviana de cuento Correveidile

Para Luis Alberto y Rosbita

Su alma aún transita por el cementerio, todavía con el arrepentimiento de haberlo creado y nombrado como su personaje y asesino favorito. Sin embargo, cada vez que siente el olor de las salivas de la gente se acuerda con deleite de su propia historia.

La joven escritora lo había construido como un muchacho desaliñado, con melena, despreocupado, misterioso e inteligente, salvo la locura que tenía por dentro, tanto así que era capaz de asesinar a la mujer que tanto amaba.

─Mucha tele ─decían sus amigos a quienes contaba la historia sin resolver. El sentido de los asesinatos tenía un sabor a tango, navaja y humo de cigarrillo. La mirada de un hombre y la sangre eran suficiente ambiente para fabricar un cuento de cacería.

Le faltaban muchos detalles y ni siquiera encontraba el rumbo real de la historia, hasta que uno de esos días abrió la puerta de su casa. Una de sus amigas traía por delante a un joven para presentárselo. Cuando encendió su cigarrillo vio en el muchacho el rostro de su personaje.

─Te pareces a uno de mis actores favoritos ─le dijo, muy interesada. Él evitó cualquier comentario; pero no dejaba de mirarla.

─En realidad, te pareces a uno de mis personajes ─aclaró la idea para mejorar la conversación; pero tampoco reaccionó. Se sintió tonta.

─Hola, me llamo María, soy escritora ─le extendió la mano diciéndole su seudónimo.

─Mentira, ese no es tu nombre ─se burlaba la amiga.

─Hola…María ─dijo él, dejándola callada.

El miedo comenzó en ese instante. Ella sabía que sellaba un pacto con ese hombre. Les invitó a tomar café, él la miró como el perseguidor mira a su presa. Y mientras desviaba la mirada, sus ojos negaban cualquier posibilidad de separación.

─Mi personaje se llama Salvador ─comenzó a contarle.

Fue la tarde de la creadora y su personaje. Cuando ella no tenía la palabra precisa, él la pronunciaba salvándola. Eran las caídas y los rescates que sólo él y ella podían entender. Todo sobraba, quedaban sumergidos en el café, una piscina oscura donde ella no sabía nadar y él la sacaba a flote para arrastrarla a la orilla de la taza. Cuando se enteró que era un asesino, le apasionó pronunciar su nombre ficticio y sentía que en cada avance de la historia se transformaba exquisitamente en un sueño o la mejor de las pesadillas.

El ritual verdadero de la cacería empezaría en la calle cuando uno de esos días él decidió perseguirla.  Ella caminaba apurada, de pronto sintió detrás los pasos de alguien, eran del supuesto Salvador. Al principio quería hablarle; pero después prefirió seguir con el juego. Quería mirar; pero sentía el movimiento de su melena al ritmo de su falda, la intuición de hembra le decía que la estaba persiguiendo. Se limitó a mirar el camino; pero minutos después sintió que la perseguía de lado, que la acorralaba contra la pared, porque ni siquiera podía girar la cabeza para ver el tráfico. No pudo resistir y decidió mirarlo, entonces chocó con la sonrisa más rara que viera en cualquier calle de esta ciudad. El tiempo se paralizó en ese rostro, el encuentro era una mezcla de misterio, miedo y seducción.  Era cuestión de segundos, volvió a ver su camino y se encontró con un amigo, lo abrazó y entraron a una tienda. Al salir, el muchacho que encarnaba a su personaje ya no estaba. El alivio volvió a sus zapatos.

Se quedó pensando en lo que había sucedido, tenía su número telefónico escondido, por miedo. Pero toda imaginación cobraba sentido cuando se enteró por la amiga, que el joven había comentado que había encontrado a la mujer de su vida, que su sueño siempre había sido enamorarse de una escritora, para después asesinarla.

Era un sueño que sólo la escritora, María, podía entender, porque la muchacha se olvidó de la magia, de su seudónimo, del amor y de los cigarrillos. Se trataba de una joven que quería aprender a escribir historias de misterio, se puso a coquetear con alguien que creyó su personaje y que ahora ya ni siquiera quería salir a la calle. El miedo brotaba cuando veía el rostro de quiénes se cruzaban con ella o subían a los micros.  Había adquirido la manía de darse la vuelta para convencerse que nadie la perseguía. Se hacía acompañar a su casa, no contestaba el teléfono y lloraba cada vez que tenía miedo en las calles. Era un ir y venir por la ciudad con un arrepentimiento y un temor de víctima.

─Pero a vos te gusta eso, te encanta la idea de que te persigan ─le decía su amiga cansada de consolarla. Y sí, se dio cuenta que necesitaba la atención de alguien para saber que estaba viva. Se había refugiado en la fantasía, y saber que alguien la quería como carnada la hacía sentir la mujer más privilegiada.

Sentía que la muerte la acosaba en sus creaciones. Salían poemas, cuentos y otras historias donde ella era un francotirador sincero. Nunca dejó de mencionar la sangre con respeto, porque sabía que era una aliada que traicionaría sus historias para acabarla en cualquier esquina. Un día se le ocurrió llamarlo, obviando la idea de ser atrapada, lo invitó a caminar por la plaza para poder estudiarlo mejor.

Puntual, estaba esperándola sentado en el banco de la plaza indicada. Era una cita entre asesino y escritora, en este caso investigadora, porque lo invadió con preguntas. Supongamos que ella era María y él, Salvador. Inició la conversación, ni siquiera lo miraba, se fijó en su cuaderno para escuchar sus respuestas y anotarlas. Él decidió seguir el juego, claro, porque ella era la escritora.

─¿Y conoces a otros asesinos? ─comenzó.

─Sí. No prevén estrategias. Es como si todo el odio lo hubieran recibido por leche materna, el que tú hagas daño les inspira, tienen más calidad ─miraba a las palomas que habían decidido acompañarlos en la charla.

─¿Cómo eres, Salvador? ─anotaba caóticamente.

─Grotesco, urbano, anarquista, quiero salvar al mundo por una acción de amor. ─Sentía que su mirada acompañaba sus manos que anotaban y a veces tachaban palabras que no le parecían─. Pero también soy oscuro. Amor y odio a la vez, un equilibrio ─y seguía mirándola.

Es así como comenzó la enredadera de lo que venía, era un experto con las palabras. La muerte era una respuesta inmediata, una diosa que vivía al mismo tiempo.

─¿Cuáles son las condiciones de un asesino? ─decidió enfrentarlo con una sonrisa.

─Ser estético, tener una carga emotiva y una carga salvadora. Proporcionar veneno a las mujeres y tener el placer de ver cómo se destruyen ─lo emocionó que lo mirara y enfrentara el pacto que habían acordado.

Saber que su especialidad de matar mujeres la conmovió, lo relacionó con el asesinato que había escrito en su historia. Un placer estético, así como la tauromaquia; después de matarlas las ofrendaba al cielo.

─¿Alguna víctima difícil? ─dejó de mirarlo de nuevo, adivinando su respuesta.

─Sí, una que me llama su personaje y ahora me hace preguntas.

─¿Y hombres? ─la pregunta de huída inmediata.

─Algunos son intocables, porque tienen alma de niño; pero a los otros los mataría al estilo gitano, con la navaja afilada o con mis palabras.

Al saber que era una víctima difícil, era más fácil hablar implacablemente del placer y del dolor. Hablaron de los códigos secretos que tienen los asesinos, esos códigos como el de no tocar las cosas que les interesa, incentivan e interrogan. Un pacto de vampiros, pensaba admirándolo cada vez más. Y quizás la sangre podría ser lo que absorbía de las mujeres para asesinarlas; pero no, su veneno habría sido la saliva, entonces entendió cómo debía ser la muerte perfecta, una saliva amarga que parte del dolor, y una saliva dulce que parte de la belleza. ¿Qué podría hacerle con una saliva insípida?

Sentía que le hacía el amor a su cerebro, nunca sintió sus manos, ni siquiera tuvo la intención de rozarle el cuerpo. Pero la fascinación por las palabras y a veces el silencio la jalaba a un abismo.

─¿Y cómo es la muerte? ─pudo sonreírle.

─La muerte es la mujer estéticamente mejor construida.

─Pero, físicamente, ¿cómo es? ─le preguntó.

─¿Nunca te viste al espejo? ─la empezaba a tantear con su cuchillo imaginario.

Se calló por un instante, quería correr y botar el cuaderno donde había anotado esta conversación; pero sentía al mismo tiempo que era el halago más excitante que le habían hecho, se sentía una fina tentación.

─Soñé que me perseguías ─le dijo, tratando de hablar sobre lo que había pasado el otro día. ─Y que en realidad, me querías asesinar ─continuaba ya sin miedo, sonriendo, casi retándolo.

─¿En serio?, creo que yo también lo soñé ─su frialdad se convirtió en ternura.

─ Sabes ─continuó él. Lo que más me molesta de ti, es tu sonrisa.

Dejó de retarlo al instante, porque si seguía mirándolo así, podía suceder una desgracia. Era una defensa casi inmediata.

─Porque tu sonrisa es más libre que yo ─dijo seriamente y dejó de mirarla.

No supo qué decir. Había atardecido y debía retirarse, ya no tenía más preguntas que hacer.

─¿Puedes mirarme y darme un beso? ─le dijo casi implorando pese a la frialdad de sus palabras.

En ese instante se acordó de su saliva, amarga o dulce; pero certera. Imaginó clavarle en el pecho con un lápiz muy afilado; pero después de unos minutos, se levantó, guardó sus cosas, lo miró como la primera posibilidad de escape; pero le extendió la mano.

─Tengo clases, estoy atrasada ─lo contempló con pena y ganas de huir.

─¿María? ─ le decía buscándola en su mirada.

─Salvador, María ya no está, creo que se fue ─le decía temblando de miedo.

─ ¿María? ─ le repetía, insistiendo por un encuentro.

Ella cerró los ojos y se fue, dejando como un pacto la intención de un destino que los vuelva a unir. Sentía que había traicionado cualquier posibilidad de hacer realidad un cuento fantástico. Al fin de cuentas, ella pensaba que era tremendo estar viva, porque desde ese día le perseguía la imagen de aquel encuentro.

Era insoportable haberlo perdido de esa manera. Sentía que el Salvador que había conocido y creado se desvanecía en sus cuentos, incluso en sus poemas. Pero un día, después de mucho tiempo, lo volvió a ver en la calle y le invitó a tomar un vino. Preguntó por el veneno en la saliva y al saber que todavía el asesino estaba con ella, decidió darle el beso que le había pedido hace varios años, porque su sonrisa había dejado de ser libre.

Seudónimo: IRIBARNE DE CASTEL.

– El reloj de la Plaza Uyuni cambia de hora cuando se le ocurre- pensaba ella cuando salió apurada del edificio y sin la expresión que había tenido cuando entró hace quince minutos.

Las brujerías le habían salido mal, el maquillaje era un arma mal empleado, y el cabello no era el mismo después de la primera cana que apareció hace un mes.

– Sabía que lo iba a encontrar con otra- comenzó a llorar al bajar hacia el Stadium. Se detuvo para ver a los heladeros y recordar cómo había conocido su última perdición. Le dio hambre, pensó en devorar un chicharrón y beber hasta el final de la tarde; pero decidió seguir en camino.

La riña había servido para que el rimel embarrara su rostro y para que vuelva al peso normal contenido a base de fajas y respiración incompleta. Era la tercera vez en un año que pasaba por esta calle con la misma sensación, esa esperanza de que él corriera detrás para pedirle perdón y suplicar su regreso.

Agudizó el oído para escuchar el típico silbido que le daba desde la esquina, señal para la media vuelta y la sonrisa; pero no pasaba nada. Decidió caminar lentamente, mirarse en las vitrinas y secarse la nariz. Adivinó el tiempo de los segundos, supuso los minutos que le había tomado bajar las gradas, buscarla y silbarle sus canciones favoritas caminando detrás de ella. Cuando se dio cuenta que sólo se escuchaba el silbato de los baritas y el bocinazo de los micros, se agachó y empezó a caminar decidida; pero el sonido esperado apareció.

Era muy diferente a los otros, esta vez era una tonada más alegre, el ritmo de un hombre más pacífico y tranquilo, un silbido lento que apaciguó cualquier desastre en la tarde, una melodía que como muchas otras veces logró obtener una pequeña sonrisa.

–          Sabía que venía por mí- esperó sin dar vuelta.

Los pasos del hombre ni se sentían por la acera, pero el sonido que salía de su boca no sólo logró el silencio de una mujer sino de varios transeúntes. El susurro en su oído se hacía inmenso en instantes, la tonada que escuchaba era la más dulce que le había dedicado. Decidió abrazarlo y volver con él; sin embargo cuando giró, sólo vio pasar a un anciano campesino que no había vendido ningún limón y que había optado por darle algo de música a la calle con sus silbidos.

Claudia Daza

Las piedras por este sector huelen a leyenda. Guillermo no reconocía las historias de estas rocas; pero sí le gustó acordarse del misterio que aún tiene la ciudad viéndola desde estas alturas. Cuando llegamos casi a la punta de este sector, ésta se veía muy pequeña; pero tenía una forma abierta a cualquier posibilidad de extensión que le proponía el Altiplano. Lo primero que deleitaba su mirada poética era el color del cielo, entonces, esa conexión hombre-universo se plasmaba en la ciudad de La Paz, que resumía los colores del cielo y de la tierra. Habíamos llegado a la Muela del Diablo, lugar donde el paraíso y el infierno son vistos como la misma promesa.

Lo que resaltaba entonces, era la línea plana que atraviesa la ciudad de El Alto, con sus antenas, sus iglesias y las cruces que cruzan energía a través del cielo. Las luces habían comenzado a encenderse en las laderas, el segundo sector en resaltar cuando miras la ciudad desde tan lejos. El viento jugaba con su cabello largo y el saquito viejo que no se sacaba ni para dormir, mientras él trataba de adivinar el nombre de las zonas y sus poemas.

– Aquella debe ser Llojeta- apuntaba justo al lugar donde faltaban casas y se veía  el trecho de tierra derrumbada. – Y la que está de frente es Villa Victoria- sonreía sacando fotos imaginarias. – Ese es Sopocachi- lo contemplaba. Le parecía romántico el desfiladero de luces que nacían en El Alto y terminaban casi en Ovejuyo. Lo bonito para él, era el color ladrillo de las casitas, construcciones que nunca habían llegado a la obra final. –cuánto diseño de albañiles- decía asombrado. Yo relacionaba esas casas con las montañas rojizas que nacen en el sur, caóticas.

– Cuánto ha crecido- le decía a mi sombra mientras trepábamos la montaña. Era invierno, nos habíamos traído algunos libros y poemas en vez de más abrigo; pero nos distraíamos mirando la figura que tenía la ciudad a las seis de la tarde. Realmente se podía distinguir las zonas de la ciudad por el estilo de electrificación que éstas tenían. Las carreteras eran las más rectas o de figuras zigzag hacia el centro; además era fácil ubicarlas por el movimiento de las luces automovilísticas. Las zonas más pobres, o sea las laderas, tenían la luz muy amarilla casi llegando a un rojizo que muere en el café, hasta los postes de madera y las graditas nos podíamos imaginar. Y cuando no había luz, sabíamos que eran los árboles o los derrumbes de las casas prohibidas en la ciudad o el río que no tenía luz, sino un olor que no llegaba tan lejos. Desde este lado no se puede ver bien el centro; pero es como si la luna se hubiera estacionado encajando perfectamente en el cráter de tierra que habían formado las montañas. Es decir, el color del centro es más frío, su luz es más intensa; formada por cúspides cuadradas, calles iluminadas toda la noche y los avisos comerciales de los que tienen plata. Pero eso sí, la luz más brillante, venía del stadium, que tampoco lo veíamos; pero sentimos el grito de gol que surgió en su curva sur.

Desde este lugar, que parece un edificio hecho por Marina, se puede escuchar el murmullo de la ciudad. Basta cerrar los ojos y sentir la diferencia entre el sonido de este valle y el sonido del más allá. Se escucha todo, los carros, los varitas, las personas saliendo de sus trabajos y los micros, los televisores, los goles, los prestes, las misas, las mesas, los ruidos y sonidos que en cada calle de la ciudad aparecen y desaparecen. Es como cuando escuchas el sonido del mar en una concha. Así de igualito se escucha desde la montaña, la diferencia radica en la expansión de su sonido. Y supuse que a cada hora ese sonido cambiaba, como cambia la luz y la brisa.

También vimos la luz más ordenada. Es decir, la que va disminuyendo en las zonas residenciales, una luz ni muy fuerte ni muy débil, una luz diplomática, de las que te alumbran pero no deslumbran. Es entonces cuando nos damos cuenta que la ciudad se acaba cuando no hay luz, porque donde no hay luz comienza el pueblo o la montaña, los sembradíos y otros sueños.

– Esta ciudad de noche es como el universo- me susurró casi soñando.

– Cada zona con su planeta, su estrella y su agujero negro- le contesté mirando cómo el sol ya se había retirado dejando como encargada centinela a la luna y a Venus como amuleto.

– Y la vía láctea,  es la cordillera- me sonrió, fumándose un puchito.

-¿Cuándo vas a volver a escribir poemas?- le pregunté con una sonrisa curiosa.

Se quedó callado, me miró con mucho cariño y botó el humo que tenía encerrado en la garganta; preferí cambiar de tema entonces. La ciudad tenía la forma de un cóndor con sus alas abiertas para mí, para él era un plato de sajta bien servido, y así jugamos toda la noche con las imágenes que formaban las luces de la ciudad a cada hora, era como adivinar las figuras que se forman y deforman en las nubes.

Ya casi por las tres de la mañana, cuando acomodé las cosas para dormir, él ya no estaba, el joven poeta se había ido. Me contó que retornaría a las calles, a las laderas y quizás hasta se subiría a un micro o cualquier automóvil que lo pasee por esta ciudad. Me había prometido quedarse un poco más, pero era demasiado joven como para estacionarse en un solo lugar y contemplar estos paisajes. Me senté a mirar el panorama, esta vez todo estaba silencioso, me puse a fumar, lo extrañé y aunque no lo conocía muy bien, sentía una melancolía por su rostro. En ese instante, un rayo cayó muy cerca del altiplano, y tras el trueno que hizo la diferencia ante el silencio, la luz de la ciudad se desvaneció y sólo los rayos la iluminaban.  Ahí,  recién me di cuenta, temblando, que él seguía escribiendo la ciudad desde las alturas.

Claudia Daza

Beba y Luciana se encuentran en el salón de belleza. Ambas lucen desarregladas; pero  deciden arreglarse las uñas, depilarse las piernas, y hacerse un peinado moderno. Algo de esta terapia las calmará un poco, porque Beba está un poco triste y Luciana trata de tranquilizarla.

–          Su rimel estaba corrido, su lápiz labial parecía ordinario y su taco estaba roto.

–          Pero ¿por qué le gusta ir tanto donde ella?

–          No sé, sus aretes y manillas son las mismas de hace años. Nada que ver su cuarto, un basurero.

–          Pero sigue con ella. Te consta.

A Luciana le lavan el cabello y a Beba comienzan a depilarle la pierna derecha.

–          Ni idea. En tesoros nomás piensa él; pero no sé qué le ve a esa mujer.

–          Debe ser esa cajita musical que guarda en su ropero.

–          ¿Tú crees? Pero él me ha prometido quedarse conmigo.

–          Pero, sabes nomás cómo son los hombres.

Beba se mira al espejo con orgullo.

–          Aquí tiene todo, yo se lo cocino, se lo limpio sus cosas, tiene comida, tiene cama y hasta cariño le doy, de vez en cuando. ¿Ya qué quiere con ella? Si es una floja, descuidada, malhablada, parece hombre.

–          Mi marido igualito es a veces, hay que comprenderles.

–          No sé, yo creo que éste es un interesado, sus joyas nomás va a husmear, ni cariño le debe dar.

–          Así son de desagradecidos, así los criamos pues a los hombrecitos.

Luciana extiende su mano para la manicura. A Beba le gusta cómo Luciana conserva las uñas largas.

–          A veces pienso que cada vez que la visita, ella le mete ideas sobre mí. Clarito llega de mal humor, se pone a preguntarme todo y yo ya sé dónde ha ido.

–          Mala es, no te quiere ¿no?

–          No sé, yo no le he hecho nada. Sólo le critico sus peinados, su ropa, tan mal escoge su maquillaje, no parece señorita pues.

–          Así son estas.

Beba se levanta, ahora puede lucir la falda que su amante le regaló, se cepilla un poco el cabello y guarda el brillo de boca en la cartera.

–          El otro día, ya nomás ha llegado la birlocha y me ha dicho que soy un vulgar maricón, roba maridos, pervertido, todo me ha ofendido.

–          Cómo pues, si vos eres la mejor de este barrio. Ella es peor que todos nosotros juntos.

Claudia Daza

La estrella más brillante del sur apareció en el mismo instante del choque.  Su cabeza aún sangraba,  un golpe en la nuca fue la causante de toda esa oscuridad. Aún no recordaba algunos nombres de amigos que venían a estrecharle la mano; pero recordó exactamente cómo se había accidentado esa noche.

Solía escoger el asiento derecho y trasero de los minibuses, para no recibir el cruce de aire que entra por las ventanas, para no estar dando paso a cada rato a otras personas y para no estar tan cerca del niño que cobra. Pero esa noche decidió tomar un minibús aunque no tuviera el asiento que deseaba. Se sentó adelante, al lado del chofer.

Cuando entró, trató de sintonizar alguna radio interesante en su walkman y decidió escuchar música mística. Desde ese nuevo punto de vista en el minibús, todo era distinto, la voz del chico voceador aparecía y desaparecía por su oído derecho, sentía más cerca el motor, veía el dinero que manejaba el chofer, veía en la calle cómo la gente se entrecruzaba sin importarle los semáforos. No importaba nada a esas horas de la noche.

Cuando estaban por el Prado, la calle se había paralizado, los autos habían dejado de moverse…todos apuntaban unas luces en el cielo. Al encontrarse en primera fila pudo ver mejor lo que todos apuntaban maravillados, eran unas luces que giraban envueltas en las nubes amenazantes de lluvia. Comenzó a conectarse internamente cuando supo que se trataba de visitantes, de extraterrestres. La intensidad aumentó en sus oídos porque las luces comenzaron a bailar a su ritmo. No quería romper la magia; pero decidió sacarse los audífonos para escuchar los comentarios de las personas. Se trataba de una trancadera y las luces no eran extraterrestres, eran las luces de una discoteca nueva. Se desconcertó por ese instante de gloria. Se fijó en las personas que iban atrás y todos tenían la mirada perdida por las ventanas, nadie se había ilusionado aunque sea por un minuto como ella lo había hecho. Observó al chico voceador, quién iba aplastado en un rincón, sin asiento donde descansar del trabajo, a su lado una señora con su bebé, y al otro lado un joven parecido a ella, con su walkman; sin embargo la música sería distinta porque él tocaba su batería imaginaria. Pero en un instante, él se dio cuenta que lo observaba, dejó de tocar su batería, y la miró, se sacó los audífonos y le dijo: ¿Qué buena onda las luces no? Yo también pensé que eran extraterrestres.

Ella se asustó y dejó de mirarlo, decidió volver a la rutina de encerrarse acústicamente en su acompañante musical. En eso, el espectáculo de luces había desaparecido. De lejos y de cerca sentía que el chofer charlaba sonriendo con el niño voceador, sentía cómo la gente subía y bajaba afanada del minibús. Ya no le interesaba las temáticas de la realidad, había vuelto al momento de gloria con la música; pero de rato en rato se fijaba por el espejo retrovisor que el muchacho del walkman la miraba.

El sur se hacía más evidente con sus calles solitarias, la mayoría de las luces estaban apagadas, las bolsas de basura en las esquinas eran festín de perros y gatos, y los semáforos señalaban el color que les daba la gana. Cuando giraron al sudeste, un gran aparato se encontraba en el centro de la calle, muchas luces salían de sus ventanas. Esta vez ya no estaban en el cielo, esta vez ya no se trataba de luces de discoteca, esta vez era un objeto brillante el que se acercaba rodando como una bola por el camino.

El río era el único testigo de esa aparición, la música subió de intensidad, el panorama era tan distinto cuando viajaba adelante, quería robarle el volante al chofer, quería gritar, quería sacarse los audífonos y no podía. Se dio la vuelta para avisar a los demás pasajeros, pero todos estaban quietos mirando como siempre por las ventanas, como queriendo huir de sus asientos, quería decir gritar pero enmudeció. No le dio tiempo de hacer nada. Era una sensación de impotencia, todo era cuestión de un segundo. No le quedó nada más que dos mirada, la del chofer y del muchacho que seguía observándola.

Vio en los ojos del chofer una expresión muy rara cuando se dirigió al niño voceador y le preguntó por qué la luz era tan intensa. En ese instante, cuando vio la estrella más brillante del sur, se dio cuenta que el chofer había quedado enceguecido. Después del choque aún la música mística salía de los audífonos desparramados en su pecho y se mezclaba sutilmente con la música del muchacho, sólo que esta vez él ya no la contemplaba como lo había hecho desde que ella subió al minibús.

Para P. Hedden y K.C., por nuestro viaje a  Canadá

To my wife for our travel to NY

Los ratoncitos de ambos lados corren y corren en búsqueda de un encuentro. Cuando sucede, las teclas comienzan el concierto de dos horas.  Dos computadoras son testigos, además de los lentes de contacto en el hemisferio sur, y unos anteojos gruesos y descuidados en el hemisferio norte. En el sur, un montón de sillas se repiten, quizás hechas por el mismo carpintero, monitores y monitores, con música disparada en audífonos secretos, con idas y venidas de imágenes repetitivas. En el norte, se desparraman los libros antiguos, una que otra hoja seca del otoño, una cama destrozada por la ociosidad y muchas fotografías en la última esquina del dormitorio.

Josefinekat tiene la intención de chatear con algún latino, de esos que preguntan las medidas y los gustos musicales como la salsa y el merengue; pero esta vez se le antoja hablar con algún gringo; entonces recurre a las páginas donde todos los colores del mundo interactúan a través del inglés, donde los rusos se entrelazan con japonesas, hindúes con alemanas, latinas con yanquis, Josefinekat con Peter69.

Peter69 debe concluir con su trabajo; pero como siempre se distrae en la pantalla, y más aún si se trata de conocer a una chica, de esas que están desesperadas por conocer extranjeros y largarse del país para seguirlo hasta el fin del mundo, si es que el mundo acaba en algún lugar.

En fin, la magia aparece cuando de ambos lados deciden entrar al mismo cuarto de conversación.

– Hola, soy de la luna- escribe Josefinekat sonriendo como las caritas felices que aparecen en su pantalla.

–          Yo soy de Canada- responde Peter69, satisfecho de haber encontrado alguna conversación rara en el mundo virtual y sin el tilde de “Canadá” que correspondería escribir correctamente en el idioma de Josefinekat.

Cansado de entablar conversaciones con chicas que siempre responden las cosas obvias, se emociona por conocer a una lunática. Todas las ideas sobre preguntas recurrentes invaden su cabeza, pero Josefinekat se le adelanta preguntándole qué se siente vivir en Canadá. Okey, Peter69 decide describir por lo menos su habitación.

Por un momento, la lluvia en ambos lados interrumpe la charla. Peter69 espera la descripción de la luna; pero no aparece ningún mensaje. Se siente desalentado.

Por el sur, Josefinekat mueve con rabia al ratoncito que es testigo de la lentitud de este hemisferio y su tecnología.

–          Amigo, ¿me puedes ayudar con esta máquina?- levanta la mano desesperada.

–          Así siempre es señorita- responde el ayudante del internet.

Para el ayudante le es  indiferente la importancia de una conversación de cualquiera de sus clientes. Está acostumbrado a la lentitud de su servidor, las colgadas de su red y el café que no es tan bueno como lo presume el lugar.

Tras haber realizado movidas con el ratoncito, Josefinekat recupera la normalidad, busca a Peter69 y lo encuentra como quien espera una cita en la plaza. Pide disculpas. A Peter69 le alegra no haber sido él, la causa de la desaparición. Retoman la magia del primer encuentro, retoman la conversación. Sin embargo, cada uno, desde su silla, comienza a sentir la nostalgia de la distancia, imaginar un lugar, imaginar un rostro, una voz, todo dentro de todas las posibilidades de caritas felices, corazones partidos, chistes, puntos suspensivos y tardanza de mensajes.

Después de cuarenta minutos, la creatividad se diluye, quizás por la lluvia. Josefinekat ya no sabe qué escribir, sólo se le ocurre reírse. Habían hablado de todo, de la situación económica y amorosa de la luna, de la mala distribución de neuronas en el mundo, de que en realidad el norte no era el norte sino el sur desde un punto de vista estelar, de que se habían acabado las flores y los árboles, y de la indigestión que a ambos les causaba comer chocolate viendo películas de acción.  Habían hablado de todo, menos de lo más obvio en una charla virtual, la edad.

En realidad, Josefinekat había tenido experiencias desalentadoras a la hora de decir cuántos años tenía, siempre la habían abandonado después de revelar la verdad. Ella busca alguien que la entienda, y bien, piensa que a Peter69, como a todo anglosajón, no le molestaría saber su edad. Se limita  a escribir que es bastante joven. Ese misterio entusiasma a Peter69, quien decide seguir charlando con la sutileza de quien no se da cuenta de la realidad.

La elegancia y cortesía le genera mucha confianza, le parece distinto a todos los que había conocido,  era distinto a Xuxoxxx que no dejaba de hablarle de sus senos, era distinto a Unicornio que no dejaba de hablarle de la revolución, y era distinto a Angelus2002 que no dejaba de insultar a los sudacas. Ahora a Josefinekat no le interesa el planeta, el color, el hemisferio, la edad…aunque…

–          Soy muy changuita- piensa preocupada.

Sin embargo, decide dar el paso, después de alguna carita feliz de por medio.

–          Ok, ok, tengo 13 años J- y se arrepiente después enviar el mensaje con un Enter, pero ya es tarde.

Peter69 sonríe; pero la nostalgia de la soledad nuevamente lo invade, mira todo lo que había estado trabajando durante esos días, horas y horas de maquetas, dibujos, libros, le pesaban los años de la historia, estaba cansado. Quiere retirarse de la charla porque tiene miedo sentir algo distinto en su corazón; pero algo le dice que podría resultar.

–          ¿Por qué no?- se saca los lentes y retoma el teclado.

De pronto, a la hora de lanzarse al estrellato, se da cuenta que la pantalla fallece repentinamente. Fallecer es una exageración de Peter69 cuando su computadora se cuelga, pero en ese instante fallecer era nada porque había perdido todo el contacto con Josefinekat.

–          A la puta- piensa desesperado.

Reinicia su PC, no deja de mover al ratoncito que no descansa hace una hora y cincuenta minutos, teclea sin ton ni son, golpea el monitor, no puede perder la charla; pero tiene miedo enamorarse de alguien que dice ser de la luna.

Josefinekat mantiene el enter afligido en su rostro durante tres minutos sin respuesta, mira a todos en el caféinternet ensimismados en sus monitores, mira al ayudante que le señala que falta poco para las dos horas. Se arrepiente haber dicho su edad, sabe que Peter69 podía haber tenido 19 años y que apagó aburrido su computadora.

–          Soy una feta- alza su mochila y busca el dinero para pagar por sus casi dos horas.

De pronto, Peter69 aparece como un héroe buscando dónde es el incendio, el ajayu de Josefinekat vuelve y sonríe. Quiere escribir que en realidad tiene 19 años para ver qué pasa, pero Peter69 se le adelanta con algo muy extraño.

–          Sé que eres un poco menor para mí, pero las cosas podrían resultar- lee Josefinekat aliviada.

–          En realidad, yo también tengo vergüenza decirte cuántos años tengo- deja de escribir Peter69.

Josefinekat se preocupa.

–          Cuántos años tienes?- teclea lentamente. Enter.

Los lentes de contacto son cómplices de la larga espera de Josefinekat. El sur espera la respuesta del norte. Los lentes gruesos de Peter69 son testigos de la verdad. Los satélites llevan la respuesta, de unas teclas gastadas a otras nuevecitas, la respuesta en mayúscula llega al corazón de Josefina.

–          TENGO 55 AÑOS J-

Una carita triste L le invade por todo el cuerpo, piensa que es un viejo verde de esos que buscan jovencitas para llevárselas hasta el fin del mundo, quiere llorar porque ahora entendía tanta generosidad escondida. Claro, era un anciano quien la trataba caballerosamente. Mira a la gente ensimismada, el reloj que marca sus dos horas de internet y decide retirarse, tiene miedo responder, a lo mejor, el viejo estaba en el mismo café, y la estaba mirando, y no era de Canadá y …

– Mejor me voy- Josefina cierra rápidamente el room de conversación. No puede creer que le shokee tanto esa respuesta, que después de sus problemas existenciales con la edad, no acepte a un viejo de 55 años en una simple conversación. Paga rápidamente, alza su mochila y decide ir a clases de inglés.

Al otro lado, las manos de Peter quedan quietas ante la desaparición repentina de Josefina. Sabía que la reacción de siempre en las niñas era la misma, apaga desoladamente la computadora personal, recorre por el cuarto desordenado, mira por su ventana y decide salir a pasear como siempre, alza su mochila, la cámara fotográfica y su skate. Deja una nota en la cocina.

–          Ma, salí con los cuates, ya terminé mi tarea –

Claudia Daza

AMIGO NUESTRO, QUE ESTAS EN EL SUELO

Imágenes Radiohead, la voz de Tom Yorke

y los ojos de un director de videoclip

El hombre tomó una ducha fría a las cinco de la mañana. Escogió la mejor de sus pilchas, un ternito azul usado, el mismo que lució elegantemente cuando enviudó hace dos años. Se puso el reloj que le habían regalado los hijos que nunca tuvo, salió al sitio más popular de la ciudad y se lanzó en mitad de la calle para ser atropellado a primeras horas del día.

Pero justamente, ese día ningún automóvil apareció arrollándole el cuerpo. Debido a esa ausencia, un ciudadano tropezó con él, sólo el periódico y su cigarrillo pueden describir cómo fue el golpe espectacular que se dio entre las piedras. Asustado, comenzó a insultar al hombre, proyecto de suicida. Éste no contestó, se estaba dejando morir, y a falta de atropellos y golpes más certeros, decidió morir con una estrategia quizás más segura y menos conflictiva, no decir nada a nadie la causa de su sufrimiento. El silencio era su golpe final.

Nadie le creyó el chiste o la triste decisión ¿quién puede morir sin hablar a nadie? A los diez minutos del hecho fatídico, una quincena de hombres y mujeres de todos los tamaños y colores, rodeaba al hombre que se dejaba morir. No faltaba quién pensara que estaba tojpi, ese tipo de locura entendida en las tradiciones aymaras y que el único lugar para que reaccione era el loquero, ese tipo de lugar donde se curan a los distintos. Otros pensaban que se estaba haciendo al loco porque era un padre de familia que tenía una deuda millonaria; y quizá alguna muchacha sintió latir su corazón y salió espantada. Sin embargo, la pregunta más obvia salió a flote de los labios de otro hombre más compasivo, quizás psicólogo o cura español. – ¿qué pasa?-

– Cómo que qué pasa-  dijo el hombre que ya tenía  adormecida la oreja, el brazo, la pierna y el pie derecho. -Claro, ¿qué pasa?, hombre ¿qué te ocurre?-

El hombre comenzó a llorar desesperadamente y enojado comenzó a patear el aire, para que todos dejen de observarlo y se alejen del lugar. Claro está, que mientras más espectáculo hacía, más gente se acercaba.

Siguiendo la ejemplar actitud del cura o el psicólogo, las mujeres comenzaron a preguntar maternalmente, y los ancianos, y los maestros, y hasta los médicos le ofrecieron ayuda profesional. Nada, el hombre no reaccionaba, hasta que un policía especialista en suicidas llegó a ver los hechos junto a la tele. Todos hicieron campo para que el corpulento y poderoso hombre conociera al que yacía pegado en el suelo. Claro está que a nadie se le había ocurrido alzarlo a la fuerza; pero el policía tampoco tenía esa estrategia y menos los periodistas de la televisión. Conversó con el hombre, le hizo las mismas preguntas que los demás le habían hecho, y hasta fue un poco más maternal. Éste sólo decía que se había lanzado así a la calle por algo muy horrible que no les gustaría saber.

Sin embargo, la curiosidad del pueblo por saber una respuesta del suicida, terminó con la vida del pobre hombre. Pero, eso sí, a tanta insistencia de la muchedumbre incluso de los medios de comunicación que no dejaron de fotografiarlo hasta el final, el hombre, antes de morir, les dijo su verdad, les contó la tristeza y fealdad que tenía por secreto.

Aún recuerdo cómo se vio la calle ese día, cuando el centenar de gente decidimos dejarnos morir, echados en el suelo, con la oreja, el brazo, la pierna y el pie derecho adormecido y quieto. Sólo nosotros sabíamos la razón de nuestro silencio.

Claudia Daza